jueves, 26 de febrero de 2009

LA SOLEDAD… UN APORTE DE MARGA, LA GITANA…

“Cuando pienso en ti, aún en medio de la nada, no me siento solo…”.
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Recuerdo ese bolero, triste, de Rolando La Serie, o al menos es a él quien mejor se la he escuchado, que reza: “Hola, soledad, no me extraña tu presencia, hace rato te esperaba…”. Al parecer ella era parte de su vida. La soledad es extraña, muchas veces la buscamos como quien aspira a la paz, a estar en silencio, tranquilos… y otras veces pesa, agobia. Deprime. ¿Por qué es tan dual? Tal vez la soledad es como la gente, compleja. Veamos algo que mi amiga Marga, la gitana rubia con asuntos pendientes en Ibiza, y quien jamás ha bailado al taconeo sobre una mesa, reseñó en su página:
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SOLEDAD

La soledad me permite saber quién soy, sólo después puedo tener una verdadera relación.

Se puede interpretar la soledad de dos maneras: estar solo o sentirse solo. Estar solo es un hecho común para todos. No siempre estamos acompañados. Esta experiencia de soledad se puede disfrutar mucho y suele ser muy constructiva. Cuando estamos solos podemos no hacer nada y sentirnos bien, descansar, disfrutar de la naturaleza, tomar sol, caminar, meditar o simplemente hacer lo que nos gusta sin interferencias de otras personas.

Sentirse solos es diferente, porque uno se puede sentir solo también en compañía. El sentimiento de soledad está relacionado con el aislamiento, la noción de no formar parte de algo, la idea de no estar incluido en ningún proyecto y entender que a nadie le importamos lo suficiente como para pertenecer a su mundo. El sentimiento de no pertenencia nos lleva a la depresión, cuando además nos sentimos culpables de nuestra propia soledad.

Es una ilusión creer estar acompañado porque en realidad la mayoría está sola.
No muchos saben lo que es una verdadera relación y crean vínculos que no lo son. Sólo una persona madura puede tener una relación verdadera, porque se ha liberado de las dependencias. La madurez es la capacidad de vivir la vida sin muletas ocasionales, es aprender a hacerse cargo de los propios problemas, reflexionando antes de actuar y haciéndose responsable de las consecuencias de las acciones, sin proyectar los errores en los demás. La relación no implica tener a alguien para eventualmente apoyarse, sino por el contrario significa interesarse por el otro y comprenderlo tratando de olvidarse de uno mismo.

La dependencia crea vínculos dependientes con personas omnipotentes, intentando recrear la simbiosis madre-hijo, y ese tipo de relación patológica, que tiene carácter sadomasoquista, está destinada al fracaso. Recién cuando nos liberamos de las dependencias y nos olvidamos de nosotros mismos aprendemos a vivir, a no tener miedo y a ser libres, accediendo a la posibilidad de una verdadera relación. Si no hay desarrollo personal tampoco puede haber una relación duradera, porque el estancamiento produce aburrimiento.

La intención vale más que el hecho en si mismo, porque no se trata de resultados sino de orientarse hacia el camino de la propia senda. Únicamente cuando estamos solos podemos ponernos en contacto con nosotros mismos. Esa oportunidad nos permite vernos y evaluar si realmente somos como queremos ser y si estamos haciendo lo que deseamos hacer; y si esa imagen no estuviera de acuerdo con nuestras expectativas, es el momento de preguntarnos, que es lo que estamos haciendo ahora para lograrlo.

Transitar el propio camino es lo más importante y el principal propósito de nuestra vida y todo el universo conspirará para lograrlo.

http://psicologia.laguia2000.com/

27/09/2008 19:37 Agregar un comentario Enviar un mensaje Vínculo permanente Ver vínculos de referencia (0) Agregar al blog
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Buen, se puede concluir que la fuerza para continuar, para ser, está dentro de cada uno, así que cada quien debe hacerse cargo del peso de su vida, aunque suena feo dicho así. De verdad no entiendo bien el estar solo cuando no se desea. Sé de personas inteligentes, agradables, solventes y buena gente, que están solos, y hablo de la soledad de adentro, a quienes se les nota la angustia porque ‘no hay nadie en sus vidas’, y es algo que no comprendo, ¿cómo puede ocurrir? Está bien, algunos somos egoístas y jamás terminamos de tender el puente que permita a otros entrar en nuestros… no sé cómo decirlo, corazones, instalándose, siendo uno con nosotros; no lo hacemos porque da trabajo, o no se quiere perder lo que se tiene, o no se ama lo suficiente. Cada alternativa es triste en sí. ¿Pero no encontrar a nadie?

Es increíble, pero hay quienes no parecen capaces de lograr una mirada de interés, una sonrisa de simpatía en otros. En algunos casos entiendo que la ansiedad lo estropea, hay hombres muy ansiosos por ‘poseer’ sentimentalmente a otras personas; hay mujeres que se hacen “amantes-dependientes”, que nos siguen, que callan, que exigen y sufren mirándonos como preguntando “¿De dónde sacas fuerzas para lastimarme tanto?”; y eso asusta. ¿Qué ocurre con tanta gente? Creo, como dice el artículo traído gentilmente por Marga a nuestra consideración, que la respuesta está en aprender eso, que la fuerza está en nosotros, que somos personas, seres, que existimos independientemente de dónde, o cómo, o con quién. Hay que aprender a conocerse, a reconocer los puntos oscuros; hay que intentar cambiar, por difícil que resulte… o por molesto que nos parezca.

Julio César.

INOCENTICO

-¿Me va a botar? –preguntó.

Y al otro se le olvidó por qué era que iban a salir de él (por incompetente, pero ¿quién lo recordaba en ese momento?).

Julio César.

¿POR QUÉ LAS MUJERES TARDAN TANTO TIEMPO EN EL BAÑO?

-Es un pendejo, tenías razón…

Por correo me llegó esta amena nota. Es como todo en esta vida, tras su sencillez se oculta el conocimiento de causas, y aunque reí mucho, la verdad que sonaba aterrador. También explica, realmente, por qué las féminas tardan tanto en el baño, y de paso por qué muchas van en grupo; contrariando lo que dice El Conde del Guachado (humorista venezolano caído un poco en desgracia), quien sostiene que van en grupo para hablar de los hombres con los que salieron para hacer un acomodo de última hora, “ese para ti y el otro para mí”. Haciendo chistes del detalle que siempre se ponen de pie dos o tres en una mesa para ir a un tiempo, sostiene El Conde un imaginario dialogo entre ellas: “Manita, vamos al baño”; “No tengo ganas”; “No importa, por el camino te dan”. Antes de decir nada más, leamos la nota:

¿Por qué las mujeres estamos tanto tiempo en un baño?

El gran secreto de todas las mujeres respecto a los baños es que de chiquita tu mamá te llevaba al baño, te enseñaba a limpiar la tapa del inodoro con papel higiénico y luego ponía tiras de papel cuidadosamente en el perímetro de la taza.

Finalmente te instruía: 'Nunca, nunca te sientes en un baño público'. Y luego te mostraba 'la posición' que consiste en balancearte sobre el inodoro en una posición de sentarse sin que tu cuerpo haga contacto con la taza.

'La Posición' es una de las primeras lecciones de vida de una niña, súper importante y necesaria, nos ha de acompañar durante el resto de nuestras vidas. Pero aún hoy en nuestros años adultos, 'la posición' es dolorosamente difícil de mantener cuando tu vejiga está a punto de reventar.

Cuando TIENES que ir a un baño público, te encuentras con una cola de mujeres que te hace pensar que dentro está Brad Pitt. Así que te resignas a esperar, sonriendo amablemente a las demás mujeres que también están discretamente cruzando piernas y brazos en la posición oficial de 'me estoy meando'.
Finalmente te toca a ti, si no llega la típica mamá con 'la nenita que no se puede aguantar más'. Entonces verificas cada cubículo por debajo para ver si no hay piernas. Todos están ocupados. Finalmente uno se abre y te lanzas casi tirando a la persona que va saliendo. Entras y te das cuenta de que el picaporte no funciona (nunca funciona); no importa...

Cuelgas el bolso del gancho que hay en la puerta, y si no hay gancho (nunca hay gancho), inspeccionas la zona, el suelo esta lleno de líquidos indefinidos y no te atreves a dejarlo ahí, así que te lo cuelgas del cuello mientras miras como se balancea debajo tuyo, sin contar que te desnuca la correa, porque el bolso está lleno de pelotudeces que fuiste metiendo dentro, la mayoría de las cuales no usas, pero que las tienes por si acaso...

Pero volviendo a la puerta... Como no tiene picaporte, la única opción es sostenerla con una mano, mientras que con la otra de un tirón te bajas la bombacha y te pones en 'la posición'... Alivio... AAhhhhhh... por fin... Ahí es cuando tus muslos empiezan a temblar... Porque estás suspendida en el aire, con las piernas flexionadas, los calzones cortándote la circulación de los muslos, el brazo extendido haciendo fuerza contra la puerta y un bolso de 5 kilogramos colgando de tu cuello.

Te encantaría sentarte, pero no tuviste tiempo de limpiar la taza. Ni la cubriste con papel, interiormente crees que no pasaría nada pero la voz de tu madre retumba en tu cabeza '¡¡jamás te sientes en un inodoro público!!', así que te quedas en 'la posición' con el tembleque de piernas...

Y por un fallo de cálculo en las distancias una salpicada finíiiiiisima del chorro te salpica en tu propio culo ¡¡¡y te moja hasta las medias!!! Con suerte no te mojas tus propios zapatos, y es que adoptar 'la posición' requiere una gran concentración.

Para alejar de tu mente esa desgracia, buscas el rollo de papel higiénico peroooo, ¡la puuuuuuuuta...! ¡El rollo esta vacío...! (siempre). Entonces suplicas al cielo que entre los 5 kilos de cachivaches que llevas en el bolso haya un miserable kleenex, pero para buscar en tu bolso tienes que soltar la puerta. Dudas un momento, pero no hay más remedio... Y en cuanto la sueltas, alguien la empuja y tú tienes que frenar con un movimiento rápido y brusco, mientras gritas ¡¡¡OCUPAAADOOOO!!!

Ahí das por hecho que todas las que esperan en el exterior escucharon tu mensaje y ya podes soltar la puerta sin miedo, nadie intentará abrirla de nuevo (en eso las mujeres nos respetamos mucho) y te pones a buscar tu kleenex sin agobios, te gustaría usar todos pero sabes lo valiosos que son en casos similares y te guardas uno por si acaso.

Ahí ya vas contando los segundos que te quedan para salir de ahí, transpirando porque llevas el abrigo puesto ya que no hay perchero, y es increíble el calor que hace en esos sitios tan pequeños y en esa posición de fuerza en la que continuas, con los gemelos a punto de estallar.
Sin contar el garrón del portazo, el desnuque con la correa del bolso, el sudor que corre por tu frente, la salpicada del chorro en las piernas... El recuerdo de tu mamá que estaría avergonzadísima si te viera así; porque su culo nunca tocó el asiento de un baño público, porque francamente, 'sabe Dios qué enfermedades podrías agarrarte ahí'.

...Estás exhausta, cuando te paras ya no sientes las piernas, te acomodas la ropa rapidísimo y tiras la cadena ¡sobretodo! Entonces vas al lavamanos. Todo está lleno de agua así que no puedes soltar el bolso ni un segundo, te lo cuelgas al hombro; no sabes cómo funciona la canilla con los sensores automáticos, así que tocas hasta que sale un chorrito de agua fresca, y consigues jabón, te lavas en una posición de jorobado de Notredame para que no se resbale el bolso y quede debajo del chorro...

El secador ni lo usas, es un trasto inútil, así que terminas secándote las manos en tus pantalones, porque no pensarás gastar tu kleenex para eso y sales... Tendrás suerte si no se te pego un pedazo de papel higiénico al zapato y lo vas arrastrando, o peor, con la falda arremangada enganchada por las medias que te subiste a la velocidad de la luz, ¡mostrando todo el culo!

En este momento ves a tu chico que entró y salió del baño de hombres y encima le quedó tiempo de sobra para leer un libro de Borges mientras te esperaba.
'¿Por qué tardaste tanto?', te pregunta el idiota.

‘Había mucha cola', te limitas a decir.

Y esta es la razón por la que las mujeres vamos en grupo al baño, por solidaridad, ya que una te aguanta el bolso y el abrigo, la otra te sujeta la puerta, otra te pasa el kleenex por debajo de la puerta y así es mucho más sencillo y rápido ya que una solo tiene que concentrarse en mantener 'la posición' y la dignidad.
¡¡¡Gracias a Todas por Haberme Acompañado alguna vez al Baño y servirme de Perchero o tenedora de Puerta!!!...
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Dios mío, pero cuánto trabajo. Definitivamente, para nosotros es muchísimo más fácil. Estamos de pie frente a un largo orinal, lo sacamos, apuntamos y ya. La posición clásica se adopta, claro. Miraba baja, vigilando lo tuyo, la otra mano en la pared como sosteniéndola, para cortar visibilidad de ese lado, no vaya alguien a creer que estamos mirando. Si son conocidos que coinciden (los hombres no vamos juntos al baño, no vamos a estar tomando en una mesa y decirle a otro “vamos al baño, amigo”), se comenta algo, pero sin mirar (y en casos de accidentes nos hacemos los locos y ni bajo tortura confesamos que vimos algo). Cuando se trata de desconocidos sólo se oye el agua, la orinada y una que otra respiración o tos. Del resto, nada. O muy poco. Todo es rápido e indoloro.
Julio César.

viernes, 20 de febrero de 2009

ENNIS ESTÁ EN RIVERTON

Me encantan los relatos encontrados en los blogs sobre Brokeback Mountain, no esos que describen la película y su calidad técnica, o falta de esta. Sino esos que hablan de los personajes, de lo que significaron para ellos. Hay personas tan imaginativas, pero sobretodo tan sensibles, que uno se sorprende. La gente normal en su diario vivir no suele hablar de esas cosas, de esos sentimientos, de esas vainas que a veces no sólo te hieren la vista sino adentro, algo que uno tiene que llamar el alma. Un niño pequeño que llora en una calle porque no sabe donde está la mamá; un hermano que sufre porque la mujer lo dejó y aunque se gritaron y la mandó para el carajo, en cuanto ella sale se derrumba y llora (¡con lo feo que es ver llorar a un hombre!), son cosas que pegan.

Hace tiempo un conocido, no un amigo, amigo soy de la esposa, me contó que en su trabajo, un hospital, vio a un hombre cuarentón, un portugués, con metástasis de encéfalo (cáncer en la cabeza), que iba con aire extraviado a cada uno de los diez días del tratamiento. Él sostiene que la gente con ese mal se vuelve como más inocente, más joven, con un algo de perdidos en la mirada que a veces da sentimiento; pero que a él lo que le conmovía era que el hombre llegaba de la mano de la mamá que lo acompañaba porque se desorientaba y mareaba y no podía salir solo a la calle. Y la mamá era una de esas portuguesas viejas, gordita y malencarada, pero que iba allí, caminando lento, llevando al hijo de la mano como tal vez lo llevó casi cuarenta años atrás mientras aprendía a caminar por sí mismo en esta vida. Al parecer la esposa lo había abandonado al ir empeorando y los hijos estaban lejos, como muchos que decidieron irse del país antes de enfrentar el horror a la cubana que se nos viene encima.

Ese hombre, después de cuarenta años, de casarse, tener hijos y hacer toda una vida, volvía a ser un niño pequeño, alguien débil e indefenso, y su mamá tenía que llevarlo otra vez de la mano por este mundo. Eso le enterneció, a mi conocido quiero decir, y es de lo que hablo ahora. Hay situaciones y escenas que te dejan alegre por días, sonriendo sin saber por qué, o te entristecen de forma terrible. Algo que hizo ambas, alegrar y entristecer, fue Brokeback Mountain, y la gente en esos blogs se dedicaban a eso, a llenar esos huecos dolorosos entre escenas que todos necesitábamos explicarnos, darle sentido para poder continuar. Y ahora quiero reproducirles uno de esos cuentos que ojeé, pero interpretado por mí. No recuerdo el nombre del blog, porque cuando lo leí y saqué copias, jamás imaginé verme un día escribiendo estas cosas y no tomé notas de quiénes eran. La historia es buenísima, y si alguien la reconoce, que nos lo diga. Y si llegamos a saber quién es, y alguien lee esto, le recomiendo que entre en esas páginas. Son maravillosas en verdad.

LAVANDERÍA EN RIVERTON

¿Cómo pude vivir cuatro años de mi vida sin tenerte así?

Han pasado ya cuatro años desde la última vez que te vi, cuando la mirada se me empañó de dolor al verte caminar tras mi camioneta, altivo, con tu mirada baja, enjuto y resuelto, como si todo hubiera terminado en realidad, como si aquello no hubiera sido la cosa más importante que había pasado en tu vida, como sentí había sido en la mía. Porque en la mía sí lo fue, vaquero, y por eso me dolía mientras me alejaba de ti. Han sido cuatro largos y dolorosos años que he tenido que llenar con los recuerdos de tu sonrisa grave, de tu mirada oscura, de tu cabello claro como el sol. Cuatro años de vivir de recordar olores, del deseo de volver a estar junto a ti, de estar en tus brazos y tú allí, rodeándome con fuerza, y yo engañándome, diciéndome que siempre sería así, que siempre estaría a tu lado y que tú me amarías toda la vida.

Recorro millas y millas, y mi mirada se centra en un sólo punto de esta carretera algo desolada y agreste: el horizonte donde tú vives. He tenido que preguntar mucho, que buscar en todas partes para saber de ti, para ubicarte, y me ha llevado muy poco tiempo reunir el valor para ir a ti. Todo comenzó con mi regreso a la montaña, cuando Aguirre me corrió, pero ahí pude pescar un poco de tu rastro. Ahora siento temor, me pregunto si continuarás siendo el mismo Ennis del Mar que conocí y a quien entregué mi corazón, mi vida y mi amor. ¿Has pensado en mí alguna vez, Ennis? ¿Me has recordado con cariño o he sido un pensamiento odioso y terrible que has preferido enterrar? No, no lo creo. Me invitaste a visitarte. También tú debes haber llenado los vacíos de tu vida con el recuerdo de nuestra pasión, con esa necesidad que yo tenía de ti, y la que hacía que me buscaras, que ocultaras tu rostro en mi cuello olisqueándome antes de tomarme con tu ardor. ¿Te parece a ti que el tiempo ha transcurrido lentamente, como una tortura, como me lo ha parecido a mí?

¿Cómo será tu casa? ¿Qué has hecho de tu vida? ¿Te casaste con tu novia de toda la vida, aquella que usabas como un escudo contra lo que ya sentías por mí? ¿Tienes la propiedad que deseabas, algo pequeño pero tuyo? ¿Tienes hijos, Ennis del Mar, a quienes amarás con locura? ¿Cuándo te mire a los ojos seguiré viendo en ellos lo que esa segunda noche descubrí, que me necesitabas y querías tanto como yo a ti? Perdóname, Dios, pero quiero que sea así, quiero ver en su mirada lo que me mostró hace cuatro años atrás. Por favor, Señor, deja que lo vea antes de condenarme. Piso el acelerador al tope, quiero llegar y sorprenderte, caer sobre ti antes de que tengas tiempo para pensar o reaccionar y apoderarme de tus labios, de tu boca fina, viril y sensual, y hundirme en ella, mientras me fundo contra tu cuerpo y me lleno la nariz con tu aroma de hombre fuerte. Quiero que sepas cuánto te amo antes de que respondas, porque no sé si tú sentirás lo mismo que yo o me alejarás de un empujón. ¿Y si me has olvidado? ¿Y si no recuerdas nada de toda esa maravillosa locura? No, Dios, no dejes que sea así, aunque sea malo pedírtelo. Me tiembla todo el cuerpo, de alegría anticipada, de nervios, de miedo… y no lo puedo remediar.

Llevo todo el día pegado al volante pero no puedo detenerme ni para comer, no me llegaría nada al estómago. Parece que no tengo estómago ni cuerpo en realidad. En estos momentos no soy nada porque llevo cuatro años sin verte. Cuando estemos frente a frente sabré sí vuelvo a la vida, si vuelvo a ser Jack Twist, el tipo hablador, alegre y optimista que todos dicen que soy, pero que ahora es sólo una máscara, una sombra de lo que fue. Veo el cartel de Riverton, y así como doy un vuelco con el vehículo, me lo da el corazón en el pecho. Mis ojos me arden al tenerlos tan abiertos, buscando tu casa, como el sediento perdido que busca el escondido oasis donde será saciado y feliz. Ahora recorro lentamente las calles por las que sueles andar, y todavía tiemblo más. ¿Ese de allá, que camina lento con los hombros caídos, eres tú, Ennis? No, le falta la altivez y belleza que sé que posees, y no sólo porque te ame.

Joder, puto Jack Twist, han transcurrido cuatro años en los que intenté no pensar más en ti, pero esperando contra toda lógica verte cada mañana a la entrada de mi casa, esperándome, diciéndome que al fin me habías encontrado. Y ahora estoy aquí, temblando de nervios como un muchacho que espera a su novia de toda la vida, a la que realmente desea y ama, con la que sueña pasar el resto de su vida. ¿Por qué tuve que amarte a ti, Jack Twist? Pero lo hice aunque nunca te lo dije, y tal vez jamás lo haga. ¿Supiste leerlo en mis ojos, en mis besos, en la forma en que necesitaba de tu cuerpo? No lo sé, no soy bueno en eso. Pero te espero, y eso me consuela en este momento frente a esta ventana desde donde vigilo el horizonte y la calle, sin parar de beber cervezas, encendiendo un cigarrillo tras otro, escuchando sin oír a Alma, incapaz de concentrarme en nada como no sea en mi espera, en mi espera de ti, Jack. La mirada me duele de forzarla buscando en la carretera, mi corazón salta cuando escucho alguna camioneta, esperando que sea la que te trae nuevamente a mi vida.

Anoche no pude dormir recordando una y otra vez un verano pasado a las puertas del Cielo cuando fui feliz por primera y única vez, aunque en ese momento no supe verlo, pero que debí intuir al mirar tus ojos enormes y bellos, llenos de luz, que me decían sin tapujos todo lo que sentías. Oh, Jack, cuantas veces no me pareció la experiencia más increíble de este mundo verme en tu azulada mirada cuando juntos alcanzábamos la gloria del clímax. Te he recordado tanto que a veces río en silencio al pensar en ti, y otras no puedo con la tristeza, y otras más sentía que hervía de ganas, de deseo, pensando en tu cuerpo joven y perfecto, tibio, siempre dispuesto para mí, para que te tocara y recorriera con pasión. Pensar en tus labios dulces, en tu aliento tibio, en el sonido de tu cuerpo todo al caminar me enloquecía lentamente. Y aún lo hace.

Joder, puto Jack Twist, no llegas y me estoy poniendo frenético, nervioso y temeroso. Quizás no hallas podido venir, y sí es así creo que gritaré y me desmoronaré porque no sé qué haré con todo esto que me quema por dentro, que me tiene de pie, caminando de un lado a otro, de la nevera con cervezas a la ventana donde espero verte aparecer de la nada, sonriéndome con cariño, con tus hermosos ojos viéndome con ese amor que siempre estaba allí. ¡Aparece ya, por Dios! Estos cuatro años no han sido vivir, sino estar. Sólo he trabajado en vainas feas y desagradables, duras y que daban poco dinero; o en llevar a las niñas al colegio, niñas que nunca hablan conmigo, aunque Alma, mi hija mayor, siempre me mira con cariño, pero yo no sé que responderle como cuando me pregunta, sorprendiéndome, por qué nunca río o por qué nunca me veo contento. No sé cómo decirle que antes si lo hacía, que antes fui feliz, porque sólo fue contigo, Jack. Contigo reía y hablaba, lleno de una felicidad febril. Estos han sido cuatro años de ir a misas para oír a los puritanos hablar del pecado y del castigo eterno, y a veces me he preguntado, pensando en el Crucificado, si al final sólo habrá condenación para mí. No lo sé, pero en este momento, mientras te espero, nada de eso parece tener importancia. Mañana me preocuparé por mi alma.

Han sido cuatro años viviendo sin vivir, sintiéndome vacío, como si me faltara algo, una parte valiosa e importante. Es cuando te recuerdo saltando y gritando como un tonto vaquero de comiquitas, y no puedo evitar sonreír, deseando verte. Carajo, ¿qué pasa que no terminas de llegar? No puedo estarme tranquilo, ni comer, pensando sólo en lo que sentiría si probara nuevamente tu boca, hundiéndome en ella, atrapando tu lengua cálida y vital, y mordiéndola y lamiéndola, sólo para oírte gemir como sólo tú sabes hacer, haciéndome arder de pasión al saberte tan entregado a mí. Miro mis manos que tiemblan e imagino que ya estoy frente a ti, tocándote, palpándote, convenciéndome de que realmente estás aquí, y me arden. Ya quiero tocarte, Jack, quiero tenerte a mi alcance. Por fin hoy estoy comenzando a vivir, estas ganas de hacer, de decir, de reír, de acariciar con ternura las estoy sintiendo por primera vez después de cuatro años, y la espera me está matando.

Estoy cansado, el corazón me late con fuerza y me debilita y marea. Debo sentarme y seguir esperándote, aunque me asuste el que no vengas. Pero seguiré esperando porque dijiste que vendrías, y tú siempre me cumpliste, Jack. Si, debo sentarme y tranquilizarme porque la urgencia comienza a notárseme y no quiero que Alma piense que estoy pasando por una crisis de ansiedad. Nunca me ha visto así, nervioso, emocionado, expectante, y ya comienza mirarme con extrañeza.

Ahí está, es la lavandería Riverton. Todo me parece tan distinto, tan extraño a lo que eran nuestras vidas hace cuatro años. Pero ya estoy aquí, ahora podré verte, intentaré estar tranquilo, pero sé que los ojos se me saldrán de las órbitas intentando atraparte en ellos, para retener tu imagen nuevamente, para llevarte conmigo para siempre. ¿Me darás la mano o sólo nos saludaremos de gesto? Necesito tocarte, Ennis del Mar, necesito sentirte contra mí, sentir tu calor. Creo que estos cuatro años todos los he vivido sólo para este momento, para poder estar aquí, frente a ti, como toda mi vida antes en la vieja y destartalada casa de mi padre, donde no había nunca mucho de nada, ni siquiera afecto, fue para ir a esa montaña y conocerte, momento cuando mi vida cobró sentido. Dios, no permitas que me embargue la emoción y llore o algo así. A él no le gusta eso, pero ¿y si no puedo contenerme?

¡Si! ¡Si!, te veo, estás ahí, en esa ventana, mirándome, y creo que algo como una sonrisa quiso dibujarse en tu rostro inexpresivo. ¡Estabas esperándome! ¿Te alegras realmente de que esté aquí? ¿Te hace feliz mi llegada, Ennis?

Aquí estás por fin, Jack puto Twist. Tu camioneta es nueva pero reconozco tu manera de conducir, porque no la he olvidado, porque la he visto en mis recuerdos una y otra vez, cuando llegabas a mí, y cuando te ibas dejándome tan abatido que creí que enfermaría de dolor. Carajo, como corres, pareces tener prisa. Y eso me gusta, porque me dice que quieres verme ya, que tú también has pensado en mí, que también has vivido recordándome. Te detienes al fin, no aguanto más, tengo que salir a recibirte, a verte, a convencerme de que realmente eres tú, mi Jack. ¡Has venido a mí, mi puto Jack Twist! Tengo que salir pero no a la carrera, y contenerme al verte. Y estás allí, de pie, con tu sombrero de ala ancha, con tu aire de niño adorable y grande, con tus ojos maravillosos que me miran como buscando una señal, como si temieras o dudaras de mis sentimientos en este momento y no supieras qué esperar.

-¡Hijo de puta! Jack Twist, grandísimo hijo de puta.

Bajo a tu encuentro, a mi encuentro con la alegría, con la risa, con las emociones, con la vida, y nos fundimos en un abrazo fuerte. Mi cuerpo no puede estar más pegado al tuyo, mientras te siento estremecerte y dejar escapar el aire retenido en tus pulmones, como aliviado de este recibiendo, el único que mereces, mi Jack. Estamos pecho con pecho y siento el loco cabalgar de tu corazón como tú debes sentir el mío. Mi mejilla choca de la tuya y siento el raspar de tu barba, como tú debes sentir la mía y entiendo que no cambiaría este momento de mi vida por ningún otro que pudiera venir. Percibo tu aliento cálido, ese aliento que muchas veces tomé mientras te besaba en esa montaña y siento que me muero de ganas. Mis brazos no dan más de sí, no puedo atraparte más, no puedo retenerte con la suficiente fuerza para convencerme de que ahora eres mío y nunca te irás otra vez. No lo entiendo, cabrón de mierda, ¿cómo pude vivir cuatro años tan lejos de ti, sin verte, sin sentirte así?

Pero al fin has llegado, maldito hijo de puta. Llevo todo el día pegado a esa ventana esperando este momento, pensando en mil cosas que decirte, en las mil maneras de actuar frente a este primer encuentro después de tanto tiempo, pero con tan sólo verte, al sentir la emoción embargarme, lo olvidé todo y sólo pude correr para tenerte así, atrapado en mis brazos, sintiéndote tan junto a mí. Siento tu calor, me lleno de tu olor. Me marea percibirlo. Por Dios, al fin estás entre mis brazos otra vez y ni así es suficiente. Miro a ver si hay alguien que pueda vernos, me asusta que hablen de ti y de mí, pero también me asusta que el dichoso mirón nos obligue a separarnos. Sonrío levemente porque no hay nadie, nadie que se escandalice, censure o nos grite por lo que voy a hacer, esto que lleva cuatro años matándome…

Sí, eres tú, Ennis, mi Ennis del Mar, así como yo soy tu Jack. Eres el hombre que conocí un mañana y me robó la paz, los sueños y los deseos. Eres el que me ata a su cuerpo con sólo desearlo, eres quien me desarma con su mirada, el que puede premiarme o castigarme con tan sólo una palabra. Ennis, siento que el fuego que arde en mí, al que me ataste la primera vez que fui tuyo, me devora nuevamente, y ya debe estarse notando bajo mis ropas, como noto el tuyo. Ahora me empujas, y en tus ojos sólo hay deseos, ganas, y me pegas contra la pared y miras mi boca mientras yo sólo deseo ver tus ojos oscuros y brillantes, y me besas. Aplastas tu boca contra la mía dejando escapar un gemido, un alarido o un sollozo de consumación. Me besas con todo tu ser, con toda tu entrega como si fuera el último beso que pensaras dar en tu vida.

Y tus manos me aferran con fuerza, apretándome con su calor, con su rudeza, las manos callosas del hombre que sé que amo. Tu lengua busca la mía, atándose a ella, y me mordisqueas, me lames todo y siento que no te cansas de eso, que deseas beber de mí tanto como yo de ti. Me muerdes y me aprietas, con fuerza, con rudeza, como el hombre tosco que eres. Estamos tan juntos que ni una brizna de viento puede pasar entre nosotros. Siento que cedes un poco en tu beso, y ahora yo te agarro también, toco tus orejas, tu cabello, tu nuca y te muerdo también, frotando mis mejillas de las tuyas. Es la entrega a las necesidades, el reconocimiento de aquello que urge para ser feliz en esta vida. Nuestras bocas jadeantes dejan de estar unidas, noto que aún sientes temor de que nos vea alguien, y yo sólo puedo mirarte a los ojos con toda mi entrega, con todo el dolor de la aceptación que hago de esta necesidad de ti, por ti, mi Ennis. Te miro y creo que si muriera en estos momentos, así, con tu aliento cayendo sobre mi boca, con tu frente sobre la mía, moriría feliz, sin temer a lo que me aguardara en la otra vida, porque ya estoy en el Paraíso. Tu recibimiento me ha dejado debilitado, y casi no lo puedo creer. Eres tú quien ha tomado la iniciativa esta vez, y te juro por mi vida que no vas a quedarte sin respuesta.

Jack, Jack… cordura, pueden vernos. Pero ¿cómo resistir tu mirada azulada y hermosa, donde casi creo que brilla la humedad del deseo, pero también del enternecimiento ante mis besos? Mi dulce y sentimental Jack… no me mires así, por favor, no aquí, porque tu amor se nota de lejos. Hummm, me besas ahora y siento que me muero, que ya no soy dueño de mis actos o de mi vida.

Tu boca sabe exactamente igual que en mis recuerdos, mi lengua reconoce la tuya, mi piel arde, se eriza y quema como antes. Parece que no nos hubiéramos separado años enteros, pero así fue, y yo lo siento en esta urgencia de ti, de tenerte que no me deja pensar. Por eso debo seguir besándote aunque ya estás inquieto, por eso no puedo alejar mis manos de tus mejillas, por eso mis piernas están atadas entre las tuyas, y puedo sentir la dureza de tu deseo, como tú sientes el mío. Por eso nos comemos otra vez, con hambre vieja, con el hambre de los años no saciados, separados, años en los que no se vivió en verdad.

Jack, Alma… Ella está arriba…

No te quieras alejar, Ennis. No se te ocurra separarte de mí, dejándome sólo otra vez…

No quiero separarme, no quiero soltarte otra vez, joder, pero pueden vernos. Coño, tienes algo que me une a ti, que me pega a tu piel. Separo mi boca, separo mi cuerpo pero mi frente continua pegada a la tuya, Jack, y me quemo con tu calor. Quiero tener cordura y poner distancia, pero mi piel se restriega de la tuya y parecemos dos gatitos mimosos. Me vuelvo, mirando hacia las escaleras, hacia el lugar donde puede estar Alma, tal vez viéndonos, pero sigo tocándote, sigo en tu frente, siento tus manos en mi barbilla, en mis mejillas, pidiéndome amor, ternura, cariño, y sé que no podré resistir mucho más.

¿Qué haremos ahora, Ennis del Mar? ¿Qué será de mí ahora?

Nos vamos a la mierda, Jack Twist. Vamos a donde pueda tocar cada centímetro de tu cuerpo y recrearme acariciándolo, donde pueda lamerte, sentirte, besarte y tenerte para mí. Quiero reflejarme en tu mirada cuando te ame, cuando seas nuevamente mi puto Jack Twist, el mío; el carajo hermoso que sin palabras me dice cuanto me ama. Nos vamos… y tal ve desaparezcamos. Dios, ojalá tenga el valor de robarte y no dejarte ir nunca más…

Julio César.

HORRORES NUEVOS… VIEJAS PESADILLAS…

Hace años quedé desconcertado y sorprendido cuando oí de los horrores que acompañaban la disolución de Yugoslavia. La violencia en forma de limpieza étnica. No entendía cómo algo así podía ocurrir. Luego supe que esa ‘política’ de guerra, matar a hombres y niños, violar y preñar mujeres y niñas para que la nueva población sea propia, era harto conocida. Desde las invasiones bárbaras el mundo lo conocía en esa región geográfica. Pasan los años, los siglos, y seguimos exactamente igual. Nos gusta creer que estamos en un mundo civilizado, en otra era, que eso ya no ocurre… pero recuerden que Milosevic, con los horrores del mundo eslavo contra los eslavos ‘distintos’, murió hace muy poco, que sus crímenes son resientes.

Gaza y Tel Avit continúan su guerra. La historia es vieja. Todos la conocemos. Estamos en otra era, pero la realidad es exactamente la misma, en lugar de hablar, razonar, en lugar de soñar con un mundo distinto, uno donde se pueda convivir y prosperar cada quien según le vaya saliendo, es más fácil sacar garras y colmillos, y clavarlos en las carnes de otro. Imagino que hay hombres y mujeres, de ambos lados, que quieren comer, dormir, pasear una tarde de brisa, ver correr a sus niños jugando, acostarse sabiendo, que dura y todo como es la vida, mañana será otro día para vivirla, que esperan la paz; pero los intolerantes, los señores del odio, de parte y parte, sólo sueñan con muertes y cadáveres. Su gloria está allí. Siempre ha sido más fácil matar y destruir que trabajar, perseverar y construir. Es una realidad.

A veces, cuando escucho programas sobre computación y tecnología, aún de medicina y ciencias, no puedo evitar una sonrisa de amargura. ¡Qué ingenuos! Casi me dan pena; se parecen al niño que, tomando un bate en sus manos, imagina que con tan sólo desearlo será un astro. Claro, él tiene derecho a soñarlo así, como algo fácil y seguro, como una realidad, ¡es un niño! Lo extraño es oír a esos que proclaman, sonrisa en rostro, que el mundo dejó atrás la horda. Piensan vivir en un mundo que no es este mundo. Todavía se recogen escombros en Gaza, pero de haber unas elecciones mañana, Hamas volvería a ganar, es el deseo de muchos palestinos, no importa que nada se construya mientras maten al sionista; y los israelitas, como defensa, únicamente continuaran su política de “muerto el perro, se acabó la rabia”. Es el mundo que nos tocó… pero es fácil entenderlo, la historia tiene siglos repitiéndose.

Julio César.

AMOR ES…

-¿Cómo que no lo quiere, señor? La señora lo ama, tanto que me contrató a mí para que lo atendiera en lo que fuera… -oyó el hombre a sus espaldas al quejarse de su matrimonio por teléfono. ¡Y supo que su mujer lo amaba!

Julio César.

AH, LA LUCHA…

-¡Oye, oye, no! No vas a tocarme nada. Tú siempre con esas.

Julio César.