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jueves, 30 de julio de 2009

TRINITARIAS… (6)

A veces basta con acercarse y decir “hola”.
……

Vaya, no debió tomar tanta agua, se dice sintiéndose indispuesto, enfrascado como estaba en un párrafo que debía dejar al tener que ir a vaciar la vejiga. Le agradaban los baños de ese piso, por razones particulares, por lo que al dejar el libro y dirigirse a ellos ya se había disipado parte del malestar. En los sanitarios también se podía leer. Como en todos los baños de hombres, había letreritos chistosos, ingeniosos, intrigantes o… eróticos. Por alguna razón los hombres se ponían poéticos, generalmente homoeróticos, en ellos. No sabe si es algo estudiado por sicólogos o no, pero así era. Todo el que entraba, y llevaba un bolígrafo o un marcador, no podía resistir la tentación de dejar una notita, un homenaje de su presencia en el lugar a la posteridad. Había uno que debió ser escrito hace más de veinte años atrás porque decía: soy bonito como un MENUDO (una olvidada banda juvenil), y quiero un macho que me de… Esa parte la habían tachado, pero podía imaginarlo. Justo al ir entrando el repicador de su teléfono celular le indica que recibe un mensaje, así que leyéndolo, abre la puerta que se cierra simplemente con dejarla caer, y entra en silencio. Era su amiga, la del nombre ridículo e imposible de Mortiana. Lo citaba para que tomaran algo en el cafetín de odontología. Una vez adentro, lo oyó…

Parecen ahogados bufidos, como gemidos muy apagados y quedos hechos por alguien que no desea llamar la atención pero que no podía controlar lo que hace. Siendo joven, Joaquín imagina algo deliciosamente escandaloso: vaya, ¡alguien se masturbaba allí! Y eso le provoca un escalofrió de divertido interés. Era lo suficientemente muchacho como para que todo eso le interesa de manera imperante, y no eran únicamente sus inclinaciones sexuales lo que lo llevó a imaginar mil vainas (un tipo con los pantalones en los tobillos y dándole mano al pilón), sino porque era… un hombre, tan simple como eso. Alguien la pasaba bien ahí, aunque… ¿hacerlo allí? Algo malo debía funcionarle en el cerebro (a estas alturas visualiza a alguien sentado y a otro de pie con el pantalón en…). Allí, de pie cerca de la puerta del aparentemente solitario baño, aseado, cromado, lo ve salir del último de los privados. Era Adrián Barbosa, pero ese nombre no lo conocía aún.

Adrián miraba al piso, mientras parece secarse un cachete con el dorso de la mano. Su pecho sube y baja, sofocado, intentando controlarse. Sorbe por la nariz, y es cuando mira hacia la puerta, paralizándose. Sus ojos se abren mucho. Tal vez se habrían visto por ahí alguna vez, pero no lo saben a ciencia cierta, no están seguros; pero algo les grita que sí se han visto (de hecho en una marcha, por alguna razón, colérico, Joaquín había casi atravesado la vaya de seguridad formada por muchos policías para gritarle a la cara, de forma personal, que era una basura). La franela roja y un pequeño logo con el martillo y la hoz, le dicen a Adrián todo lo que necesita; y a Joaquín su cabello, sus ropas, le dicen otro tanto.

Maldito chavista, piensa uno. Sifrino escuálido, piensa el otro. Pero lo que determina la situación, imponiendo un tenso silencio era que Adrián lloraba. A Joaquín le intriga algo que percibe, no los ojos cuajados de lágrimas o la nariz algo roja, era el aire de infinita desesperación del joven lo que dice que algo muy malo le pasaba. En otro momento tal vez habría alzado la barbilla desafiante en señal de saludo (era un tipito bonitico, se dice de forma maquinal) o un gesto desdeñoso para ponerlo en su sitio. Pero en ese momento no supo qué hacer.

Adrián, parpadeando va a uno de los lavamanos, se moja la cara y sin secarse ni nada, pasa a su lado, como escapando. Joaquín sintió ganas, por un segundo, de interponerse en su camino, deteniéndolo, encarándolo (no sabía para qué), pero dio un paso a un lado y lo vio salir, cerrándose la puerta a sus espaldas. Qué raro… fue lo único que pudo pensar, paralizado por un segundo. ¿Qué le pasaría a ese mariquito llorón?, se preguntó; pero no conseguía llenarse de diversión. Recuerda que una vez en la escuela, pocos años atrás, un grupito encerró a un muchacho en los baños, le habían quitado su short de gimnasia y este lloraba, de rabia e impotencia. Sabía que estaba mal, ahora lo entendía, pero aquello le produjo risas. Muchas. Ahora no. Mientras va al orinal de pared se dice que ahora era un adulto. Sin embargo vuelve la mirada hacia el último de los privados. Había estado allí, llorando. ¿Por qué?

……

Una semana antes de enamorarse realmente, casi rayando en la demencia, Victoria León había pasado una de las peores temporadas de su protegida, afortunada y mimada vida. Y había comenzado, ella podía fecharlo sin necesidad del carbono catorce, en un día que fue muy esperado, y durante el cual fue muy feliz. Esa mañana, una semana antes de la llegada de su destino, había llegado a trabajar temprano, como siempre. Deseaba ser responsable, puntual y eficiente. Debía serlo para agradecer ese empleo, estaba nada más y nada menos que como asistente del arquitecto jefe de la firma (“¿De qué hablas?, eres una secretaria”, recuerda que dijo, desdeñosa, su mejor amiga). La muy perra, reconoció sonriendo. Llegó puntual, altiva y vital. Dentro del ascensor que la llevada a su piso podía sentir las miradas de los hombres. Se sabía hermosa, en ella había algo que hacía volver las miradas. Fuera de su blusa algo ajustada y su falda a medio muslo. Entaconada era un espectáculo, aunque Marina, su hermana, siempre decía:

-Cuando te pones esos zapatos pareces una licuadora toda menada. –y lo decía con llaneza, con esa leve sombra de envidia que le provocaba siempre su hermana menor.

Al salir al pasillo, sonríe al oír los comentarios bajos y uno que otro silbido de despedida. No se vuelve, no lo necesita, pero sabe que sobre su trasero continúan montadas todas esas miradas. No le ofendía. Era hermosa, era vistosa, y le gustaba. Para ella esas miradas eran el tributo que los hombres pagaban a lo que era: una chica en toda la extensión de la palabra. Y no sentía culpas, remordimientos o incomodidades. Era bonita, le gustaba ser bonita y le complacía que otros (los hombres) la encontraran bonita. Punto.

Llega a su pequeña oficina encendiendo todas las luces que encontró en el camino. Encendió radios y computadoras, así como la cafetera eléctrica. Revisó el buzón de voz, los correos y las últimas anotaciones hechas por ella la tarde anterior. Debía hacer algunas llamadas. Imprimir algunos acuerdos y rellenar formularios. Nada muy complejo, pero si importante. Toma el teléfono y se cita con Irene, su mejor amiga de todo el mundo para almorzar, prometiéndole noticias sensacionales. Cuelga y sonríe al imaginar la cara que pondrá Irene cuando le contara el paso que iba a dar con Lino Gómez. Casi imagina sus palabras:

-¿Estás loca? Si tan urgida estás, ve a una de esas tiendas de sexo y cómprate uno de esos enormes…

Sí, diría una pesadez horrible. Pero eso no la detendría. Con aire soñador, imaginando el paso que dará, y lo dichosa que será después de eso, la joven saborea su café. Recibe a su jefe, le tiende las citas y llamadas. No puede concentrarse mucho, pero funciona bien. Y se ve mejor. José Serrano, el hombre sesentón que era su jefe, la mirada entre divertido y algo estimulado. ¡Era tan bella esa muchacha!, por suerte él toda la vida fue un hombre sensato, muy bien casado, Claudia era una esposa maravillosa. Tanto que al saber de una nueva asistente, vino a conocerla dejándose caer por ahí, “como siempre hago”, dijo sonriendo, obviando que la última de esas ‘siempre’ había sido ocho años atrás. A Claudia le encantó Vicky. Sentadas tomando un café parecieron congeniar de mil amores. Y eso convenció a José de que la joven le convenía como asistente. Claudia conocía a la gente, tanto que al ir despidiéndose de él, besándolo en la frente, le dijo:

-Bonita muchacha. Se parece a Sofía, aunque tiene el aplomo y unas ganas de vivir que ni nuestra hija tiene con todo lo animosa que es. Me agrada.

……

Caracas era un horno al medio día. Por alguna razón la temperatura parecía ir en aumento, y ni estar en uno de esos restaurantes al aire libre, en el boulevard de Sabana Grande, aligeraba el calor para las dos hermosas jóvenes sentadas a la mesa. Una era Vicky, reilona, mirando con afecto a la otra, menos llamativa, menos… viva. Irene Sotillo tenía el cabello largo recogido en un moño hecho como a desgana. De rostro alargado y bonito, pero de rasgos como muy marcados, lograba ser interesante pero simple. O tal vez iba mal maquilada, pensaba siempre Vicky, sabiendo que la otra no funcionaba así. Eran amigas desde los siete años cuando se conocieron en el primer grado de aquella escuela grande donde dos niñas dejadas por sus madres podían sentirse inquietas, asustadas o incómodas. Ellas no, congeniaron al primer instante y atormentaron a la maestra con tanta charla. Vicky la sabía cerebral, inteligente… calculadora, pero no pendiente de su apariencia. La creía muy por encima de esas trivialidades.

Y como siempre ocurre, se engañaba totalmente sobre los motivos de su amiga. Sí, Irene era más cerebral de lo que imaginaba, y desde los nueve años, había notado que su amiga era la hermosa y alegre mariposa que atraía todas las miradas. Ella era la… amiga de la bonita del salón. Al correr los años, Irene notó al aire coqueto de Vicky, siempre fiestera y amena. Reparaba en como los muchachos sólo tenían ojos para su amiga, y que pocos reparaban en ella un paso más atrás. Algunos, botados por la bonita, venían a ella por explicaciones, para saber por qué. Más de uno intentó conquistarla de rebote (los muy imbéciles, pensó siempre). Otros habían, como si ella fuera necia, intentado llegar a Vicky usándola de conducto. Amaba a Vicky, pero eso le incomodaba de tarde en tarde. Pero amigas al fin, y se habían aceptado como eran.

Vicky no sabía que ella no se tomaba el trabajo de ‘mejorar’ porque, ¿para qué si nadie lo notaría? A esa conclusión, Irene no llegó de forma inmediata, era algo que fue madurando, creciendo con el tiempo, con cada cosa cayendo en su sitio y lo tomó como otra realidad de la vida. Por eso no le molesta ya notar como los camareros, otros clientes, e incluso gente que pasaba cerca, la miraban de forma claramente admirada. Pero ahora no puede pensar en eso ya que en el momento cuando mordía el pedazo de yuca que acompañaba aquel pollo asado (era raro, siempre comían pollo), Vicky le había dicho lo que se proponía. Casi se ahoga, aunque logró controlarse sin bañarlo todo de saliva ni enrojecer totalmente.

-¿Que tú, qué? ¿Te volviste loca?

-Lo que oíste. Voy a pedirle a Lino que se mude conmigo, que vivamos juntos.

-¿Qué…? -parece no hallar palabras.- Por Dios, ¡estás totalmente demente! Lino Gómez no es más que un pobre imbécil a quien su mamá todavía le da dinero para que se compre la tarjeta del teléfono, y eso cuando ‘se porta bien’.

-¡No digas eso! Es un buen muchacho. Él y yo hemos salidos juntos por tres meses.

-Ay, tres meses enteros, qué bueno, chama, pensé que actuabas sin pensarlo bien. Tres meses ¿y ya quieres que vivan juntos?

-Hay gente que se casa con menos tiempo.

-Y otros que se arrepienten toda la vida con más, esperando que la muerte los libere algún día. –toma agua intentando entender todo aquello.- Mira, sabes que no me agrada Lino por… infantil, pero quien es de cuidado es esa perra que tiene por madre. Ya sabes cómo es. Si le tocas al bebito, a quien seguramente todavía baña y le pone talquito, vas a caer en una lengua viperina más róñica que el agua de El Guaire.

-Me gusta él, no ella.

-¿Y si tus padres se enteran? A tu papá y a tu hermano no les hizo gracia que te mudaras así como así, tú sola. Creo que suponen que… -se atora. Vicky la mira resuelta, tomando de un refresco.

-Puedes decirlo, no es difícil de imaginar. Supongo que creen que ando puteando por ahí con media Caracas, y la otra mitad está esperando turno. –bota aire, no dolida, ni lastimada, sino exasperada.- ¿Cómo pueden creer esas cosa de mí? Digo, son mi familia…

-¿Será porque tu papa te sorprendió en el cuarto de lavado con…?

-Ay, Irene, esa es historia vieja. Pasó esa vez y ya.

-No te volvieron a pillar, querrás decir, porque eso de que fue esa vez y ya, no es así. Yo sé que tú y…

-Basta, mijita, ¿me estás llevando la cuenta? No quiero oír un balance de mi vida. –mira el vaso, buscando las palabras.- Sabes que amo a mi gente. Papá es increíble, mi hermano también, aunque es algo necio. Pero esta es mi vida. –la mira.- Hasta hace dos meses vivía con ellos, me mantenían, me daban lo que necesitaba. Estaba bajo su techo y obedecí sus reglas, porque los quiero y era su casa. Ahora estoy en lo mío. Irme fue duro porque… Dios, cómo extraño encontrar a mamá cada mañana en la cocina, y que hablemos e intercambiemos cuentos de todo el mundo. Extraño no ver llegar a papá por las tarde, no oírlo discutirle a mamá algo insensato. Pero necesitaba mi espacio, hacer mi vida. Quiero vivir bajo mis reglas, hacer lo que quiero.

-¡Y quieres a Lino! –suena a quien oye una locura. La estudia.- Dios, lo quieres para…

-Para no dormir sola. Para no estar sola en mi apartamento. Quiero tenerlo allí, sin ropas, mirándome con adoración, diciéndome que soy bella. Quiero verlo ansioso por mí, esperándome. Y que me toque, me tome y me haga gritar y saltar en la cama. –habla de forma clara, y repara tarde en el camarero, un muchacho, de pie allí, mirándola con la boca abierta.

-No se refería a ti. Y cierra la boca. –le aclara mordaz Irene, dándole un leve manoteo como quien espanta moscas. El chico se aleja y se vuelve a la otra.- Vicky…

-No me digas nada, chama. Respeta mis deseos. Soy una mujer con empleo, gano lo que necesito; con su propio techo, mi vivienda, donde no estorbo y puedo hacer lo que me de la gana sin molestar, ofender o lastimar a nadie. No voy a salir de loca a acostarme con cada sujeto que vea, como parece temer mi papá. No voy a embarazarme del primero en la primera noche. No soy tan idiota, ¿qué mujer queda preñada así? Quiero salir a fiestas, a cines, a restaurantes, a discotecas. A Mérida, a Margarita… sin sentir que dejo mis obligaciones a otros. No voy a empatarme con un vendedor de drogas, un ladrón o un malandro. Eso es cosa de retrasadas mentales. Quien haga eso merece que le estudien el cerebro. Me gusta Lino porque lo conozco, es gentil y amable, y lindo. Sé que no va a golpearme, a gritarme o agredirme… y si lo hiciera lo echaría de mi casa a patadas. Nadie va hacerme eso nunca. Soy la dueña de mi vida.

-Te oyes tan segura de ti, Vicky; tan soberbia y orgullosamente segura. Ten cuidado, manita; no escupas hacia arriba. –advierte, entre molesta y preocupada.

-Por Dios, no pienso casarme todavía, o tener familia. Sólo quiero… -y desvía la mirada, sonriendo soñadora.- …compañía, mimos, caricias, besos, ternura, una mirada de amor y entrega. Quiero, como dice la canción, vivir la primavera que no se queda mucho aquí. Quiero vivirla mientras dura. Ser loca, apasionada, querer y que me quieran. Deseo ilusionarme, enamorarme y soñar como una colegiala cada día hasta que se acaben esos años de beberías como dice mi papá. Quiero vivirlo con Lino. Siento que lo quiero, ¿no puedes entenderlo? Creo que él es el indicado. Qué se yo, tal vez sea mi único y gran amor.

CONTINUARÁ…

Julio César.

viernes, 17 de abril de 2009

TRINITARIAS… (5)

Sólo una vez… cada vez.

-Maldita sea… -grazna con rabia, soltándose. No importaba cuánto torturara su cuerpo, su mente adolorida clamaba más.

Nuevamente se deja caer en el banco. Bañado en sudor, jadeando por la boca abierta. Oye risas detrás del muro, oye conversaciones, música. Era sábado en la noche, todos saldrían a bailar, pasear, amar. Estaba convencido de que muchas citas de cama se resolverían en esos últimos momentos. Todos parecían divertirse menos él. Pero no puede pensar en eso, no quiere, porque lo único que venía a su mente era el rostro de ese tonto, engreído y medio mentepollo muchacho que se le había metido en la piel. Era ese rostro sonriente, a veces altivo y chocante, muchas veces tierno e infantil lo único que podía evocar. Lo recuerda gritándole, insultándolo de esa manera tan dura que tenía, por lo que tuvo que callarlo de la única forma que pudo, a golpes. No sabe por qué lo alteró tanto, otros le habían gritado antes cosas peores, pero en ese momento…

Fue porque era él. Se molestó porque le dolió lo que dijo, no le molestó o alteró, le lastimó. Le dolió porque era Adrián quien las gritaba. Cuánto poder tenían para lastimar aquellos a los que se amaba, recordó esa frase no sabe si leída o escuchada. Dios, cuánto daría por poder llamarlo, por preguntarle si estaba bien (¿y si lo jodí? Coño, pude sacarle un diente o algo; y pensar en esa posibilidad le encoge el corazón en el pecho). Le gustaría tanto llamarlo y oírle decir que lo siente, que siente todo lo ocurrido, y que lo citara para que hablaran. Sí, desea eso, que Adrián diga que deben hablar, que no podían terminar así. Pero sabe que no lo hará. Adrián era una pequeña cucaracha testaruda e intransigente, jamás lo llamaría. Se yergue en la silla; él podía dar ese paso, pero nunca lo haría. Si la vaina debía terminarse, que se acabara, pero no iba a rebajarse llamándolo. No él.

Pero dolía. Ese vacío, esa sensación de querer gritar, correr, golpear o aullar como un perro con rabia era algo nuevo para él. Esa sensación de insatisfacción, de pesar, de casi malestar para respirar era desconocida. Lo sentía ahora, lo sufría ahora… porque Adrián ya no estaba. Temblando, con la boca abierta cierra los ojos. Lo recuerda esa noche, hace como tres semanas cuando salieron huyendo de aquel bar, ocultándose en ese callejón, riente como idiota, como si no entendiera que en verdad pudo pasarles algo malo. Él estaba furioso, con él, con esos tipos que buscaron la camorra. Deseaba golpear a alguien, regresar y caerles a coñazos, o al tonto muchacho; pero al verlo reír de espaldas contra esa sucia pared, como si aquello fuera una aventura de colegial, lo desarmó. Se veía tan joven, tan insensato, tan alegre, tan… hermoso. Fue a reclamarle, pero el otro le había rodeado el cuello con sus brazos, con fuerza, y lo había besado, de forma cálida, no impulsiva, tampoco suave, parecía excitado, y todo su mundo giró, dejó de pensar, de estar molesto, y se aplastó contra él, clavando sus dedos en esa baja espalda. Llenándose con su calor, con su olor, tan duro de ganas que temió estallar literalmente dentro de sus ropas.

Pero eso era pasado. Esa historia había concluido, y su final no había sido nada feliz. Se ahoga y tiene que lanzar un alarido, llevándose las manos a al nuca y cepillando con furia su cráneo con sus dedos. ¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué nada le salía bien? ¿Por qué coño’e la madre todo tenía que malogrársele siempre? ¡No era justo! No era justo, carajo… Y sin embargo, la primera vez que había visto a Adrián, lo había odiado, recordaba que fue en…
……

- 1 -

Todos los sabían dentro del antiguo Comando de la Unidad, si hay que llamar gente para una marcha, una concentración o para formar un muro de contención, llamen a Adrián Barbosa, que, aunque joven y con pinta de poder estar haciendo cualquier otra vaina (como asolearse en Choroní, como irresponsablemente se cantaba), siempre se presentaba de primero, lleno de adrenalina, con ganas de participar y resistir. Ante cualquier eventualidad el joven se calzaba sus cómodos zapatos de goma, un largo shorts bermudas, una franela holgada que a veces era tricolor, amarilla o azul, y su gorra o cinta a la frente con las iniciales UCV, de la Universidad Central de Venezuela. Y llegaba, batiendo palmas, gritando consignas, llamando a resistir con ese ánimo y alegría de la juventud.

Había comenzado a protestar relativamente tarde, aunque su mamá y sus dos hermanas mayores vivían desde antes muy pendientes de las marchas opositoras al régimen que desdirigía los destino del país. Él no, se lo había ido tomando con soda hasta que dos eventos llegaron a trastocarlo todo: su padre perdió su trabajo en PDVSA, la empresas estatal petrolera, por firmar pidiendo el revocatorio presidencial tres años antes; y luego fueron contra el canal de televisión RCTV, al que cerraron en su señal abierta a todo público. Por razones íntimas, esto fue más revelador e inquietante. A sus ojos jóvenes (que muchos encontraban bonitos) se presentó un panorama aterrador: todo lo que había creído hasta ayer no servía, nada funcionaba, ninguna regla garantizaba seguridad o estabilidad; ahora estaban en el infierno.

Del otro lado, con su franela llevando al frente la oscura imagen del Che Guevara, el eterno rebelde, sobre un fondo rojo, Joaquín Garcés se lanza con igual arrojo y apostolado. En cuento oye que se están congregando los ‘oficialistas’, hay una concentración chavista o se marcharía a favor del Gobierno, el joven se calza también su gorra UCV, caminando con arrojo, con esa pasión que parecía vehemencia o violencia nacida de sus convicciones más profundas. De su boca surgen las consignas que condenan a un grupo necio e insensato que no sabe de qué habla, apátridas que despertaban oyendo y viendo CNN, pendientes del dólar, que deseaban ver su país dominado por los eternos explotadores, por aquellos que habían clavado sus garras y colmillos en las carnes de la república (trasnacionales sin alma, político a sueldo, el Imperio explotando y robando lo que otros no podían llevarse a las bocas hambrientas) y la sangraban, devorándola sin piedad. Su rostro enrojece, sus ojos brillan de furia, de convicción, mientras les grita a las caras detrás del cordón policial que los separa, lo que siente, lo que piensa. Los crímenes de aquella gente, que jamás volverían, eran demasiado recientes, ¿acaso esos muchachos tontos, como el bonitico de flequillo en la frente, no se daban cuenta?

Siendo estudiantes de la UCV los dos, los dos moviéndose alrededor de la universidad, de los grupos que allí se atrincheraban, Adrián y Joaquín estaban destinados (o condenados, según se mirara) a encontrarse cara a cara más de una vez. En medio de marchas y protestas sus ojos habían caído inmisericordes y con furia sobre el otro, y alzando sus puños, tensando los cuellos con el esfuerzo, casi escupiendo con furia las palabras, se habían gritando insultos, condenas y llamadas al otro a entender que sólo seguía a criminales. Joaquín lo detestaba… porque le parecía horrible que un muchacho como él, joven, sano, de rostro limpio y mirada apasionada, casi… decente (pensaba que hermoso, pero no quería usar esa palabra), estuviera allí, del lado de todos esos vagabundos que defendían intereses bastardos, distintos a los de la universidad y el país que los vio nacer. Le desesperaba que él, que ese joven, estuviera en ese bando. A Adrián, no sabía por qué, algo lo urgía a obligarlo a reaccionar, a que entendiera que defendía a bandidos, ladrones y criminales que arruinaban de forma total a la nación preparándola para el remate.
……

La Biblioteca Central era un lugar que le encantaba a Joaquín, aunque pareciera eternamente en remodelación. Le agradaba el orden, el cuidado que se ponía en ese lugar donde cada libro, computadora y archivo era esmeradamente protegido. Los muchachos, y otros no tantos, los eternos estudiantes de postgrados quienes habían hecho esa terrible elección, se comportaban distintos dentro de sus muros en las diferentes salas y pisos. Era común el ceño atento, algo fruncido, mientras las miradas corrían sobre párrafos y bibliografías. Le molestaban algunas restricciones, en algún momento debería permitirse el sacar ejemplares y copiarlo fuera, dentro del edificio el servicio colapsaba, sobretodo en épocas de evaluaciones o preparación de los trabajo finales de grado. También el que se debía estar carnetizado, o ser miembro de la universidad para tener acceso a ella debía ser corregido; lo legal debería ser que se prestara auxilio y servicios a todo el que viniera demandando esa ayuda. Eran cosas que debían cambiarse. Democratizándose, como gustaba pensar.

A él, personalmente, le encantaba ir allí. Sentado, leyendo sobre Marx, Lenin o la martirizada Rosa de Luxemburgo (otros padres del comunismo) se distraía. Se llenaba de calma, de paz. Estar sentado a una mesa, cómodo, con ese aire controlado lejos del calor, lo invitaba a pensar o divagar. Todo era distinto tras esos muros, no había presiones, desencanto, luchas. No pensaba en su labor proselitista que parecía no prosperar. Ni en sus hermanos que no gustaban de estudiar o trabajar. O su padre, bruto y brutal, peleando siempre con su otro hermano. No, nada de eso lo atormentaba allí; y ese sentimiento de bienestar lo había trasferido a ese querido edificio.

Le gustaba el airecillo izquierdista del grupo mismo, aunque los escuálidos (término usado denigrantemente para designar a los contrarios), habían ido combatiéndolo. Hasta hace poco hubo una exposición sobre Cuba, el milagro social de un pueblo cercado en el Caribe por la codicia norteamericana, que fue retirada de mala manera. Ni por un momento pasa por su mente que esos trabajos realizados por jóvenes de la misma universidad, iban afectándose al relacionar estos lo que pasaba en el país a nivel doméstico e individual (a los muchachos solo les dolía los que los tocaba directamente, lo demás no), con el llamado socialismo que el Gobierno auspiciaba. Para él era producto de reaccionarios que deseaban terminar con el pensamiento marxista dentro de la máxima casa de estudios.

Vaya, no debió tomar tanta agua, se dice sintiéndose indispuesto, enfrascado como estaba en un párrafo que debía dejar al tener que ir a vaciar la vejiga. Le agradaban los baños de ese piso, por razones particulares, por lo que al dejar el libro y dirigirse a ellos ya se había disipado parte del malestar. En los sanitarios también se podía leer. Como en todos los baños de hombres, había letreritos chistosos, ingeniosos, intrigantes o… eróticos. Por alguna razón los hombres se ponían poéticos, generalmente homoeróticos, en ellos. No sabe si es algo estudiado por sicólogos o no, pero así era. Todo el que entraba, y llevaba un bolígrafo o un marcador, no podía resistir la tentación de dejar una notita, un homenaje de su presencia en el lugar a la posteridad. Había uno que debió ser escrito hace más de veinte años atrás porque decía: soy bonito como un MENUDO (una olvidada banda juvenil), y quiero un macho que me de… Esa parte la habían tachado, pero podía imaginarlo. Justo al ir entrando el repicador de su teléfono celular le indica que recibe un mensaje, así que leyéndolo, abre la puerta que se cierra simplemente con dejarla caer, y entra en silencio. Era su amiga, la del nombre ridículo e imposible de Mortiana. Lo citaba para que tomaran algo en el cafetín de odontología. Una vez adentro, lo oyó…

Parecen ahogados bufidos, como gemidos muy apagados y quedos hechos por alguien que no desea llamar la atención pero que no podía controlar lo que hace. Siendo joven, Joaquín imagina algo deliciosamente escandaloso: vaya, ¡alguien se masturbaba allí! Y eso le provoca un escalofrió de divertido interés. Era lo suficientemente muchacho como para que todo eso le interesa de manera imperante, y no eran únicamente sus inclinaciones sexuales lo que lo llevó a imaginar mil vainas (un tipo con los pantalones en los tobillos y dándole mano al pilón), sino porque era… un hombre, tan simple como eso. Alguien la pasaba bien ahí, aunque… ¿hacerlo allí? Algo malo debía funcionarle en el cerebro (a estas alturas visualiza a alguien sentado y a otro de pie con el pantalón en…). Allí, de pie cerca de la puerta del aparentemente solitario baño, aseado, cromado, lo ve salir del último de los privados. Era Adrián Barbosa, pero ese nombre no lo conocía aún.

CONTINUARÁ…

Julio César.

lunes, 27 de octubre de 2008

TRINITARIAS… (4)

Lista a dar la batalla…

-¿Es verdad lo que dijo Enrique? ¿Estás dispuesto a…? –no halla las palabras. Él sonríe con una mueca, amarga, rencorosa, nada cariñosa.

-¿Qué otro camino tengo, Victoria León? –la mira ahora, con ojos centelleantes, tantos que la acobardan un tanto.- Te metiste en mí, en mi carne de una manera que ya no sé si podré sacarte, o si vale la pena seguir después de hacerlo. –desvía la mirada, torturada, sorprendiéndola como siempre cuando la nota cerrada, oculta, ¿qué había en la vida de Armando que jamás dejaba que ella lo alcanzara totalmente? No lo sabe, pero intuye algo grave, algo muy doloroso y previo a su legada.- Le diste sentido a lo que nunca antes lo tuvo. Le diste luz a una noche oscura, una noche que había durado demasiado y que yo pedía una y otra vez que se terminara. Y ahora esto…

El abatimiento de sus palabras, de su gesto, impresionan aún a Enrique, quien lo mira ceñudo, no entendiendo de dónde saca todas esas palabras que… sonaban idiotas, pero también agradables. La mirada de Vicky, quien se aparta los cortos cabellos que el viento insiste en meter en sus ojos, lo estudia con tanto cariño en esos momentos que se alarma; la joven siente la necesidad de ceder, de ser débil, acunarlo y decirle que lo ama por encima de todas las cosas, que por él haría lo que fuera, que a él lo amaría hasta el último momento de su vida. Pero no lo hace. No puede, porque aunque todo ello es verdad… también estaba Enrique. A él también lo amaba. Una manita de la joven cae sobre la pierna del muchacho en taje, quien se tensa, quien se alerta, pero también arde, su toque basta para despertar sus sentidos, sus emociones. Enrique traga saliva, una que es amarga, seca, arenosa.

-Yo te quiero, Armando, con todo mi corazón. –reconoce ella, con una leve sonrisa de ternura.- Me lastima verte así.

-No, no es verdad. Me hieres a propósito. –la acusa, con ojos brillantes de una humedad que contiene.- Estás conmigo y estás con él. Para ti soy un juego… un tipo con el que pasas un rato.

-No es así. –es enfatiza, simple.- Contigo me siento segura, adorada, importante. Tu también lo eres para mí. Eres mi vida.

-¿Y él?

-También lo amo. –admite, sosteniendo su mirada que se nubla de rencor, de rabia. La sostiene, la resiste hasta que nota su vergüenza, su retirada. Entonces se vuelve hacia el otro.- Enrique es una persona maravillosa, un ser humano increíble. –le sonríe, le gusta notar como todo disgusto desaparece del más fornido con tan sólo mirarlo. Se vuelve al primero.- Cuando lo conozcas mejor, lo entenderás, sabrás de su corazón limpio de niño buena gente, de compañero constante y fiel. Con Enrique en nuestras vidas habrá risas, camarería, compañía. Él y yo estaremos ahí para ti, para sostenerte cuando estás decaído, para sacarte de tus melancolías. Con él y conmigo jamás estarás solo.

-No… no… Conmigo que no cuente. –grazna Enrique enfático, desviando la mirada, todo eso era demasiado. No le gustaba para nada lo que decía su nena. Él era un carajo normal, un tipo que le gustaba la buena comida, la buena cama y las mujeres. La deseaba y adoraba a ella, no quería conocer a ese sujeto, ni mucho menos… estimarlo.

-Si, cariño. Él contará contigo, como lo haré yo misma. –parece convencida. En su mirada, en su sonrisa, en sus gestos hay algo que los asusta a ambos, porque les parece entrever un mundo distante, uno donde ellos dos estarían demasiado cerca.- Y tú y yo contaremos con él, verás lo organizado, lo fiable, lo protector que puede llegar a ser. Con Armando en nuestras vidas habrá estabilidad, serenidad; él te dará una mano cuando las cosas estén mal, porque él es así, más bajito, menos fornido, pero hecho de acero.

-Lo que dices es una locura. –jadean casi a dúo, mirándose alertas, incómodos al concordar en algo.

Ella, sonríe como una conversa a una religión extraña, como una niña muy feliz, casi febril, sabiendo que camina sobre hielo fino, sobre terreno resbaladizo y nuevo, pero necesario. Sus manitas toman las de ellos, sus muñecas descansan en los muslos masculinos. Y conformaban una triada extraña, sentados allí, muy cerca. Ellos dos como los típicos machitos, muy abiertos de piernas como si sus pelotas fueran demasiado grandes, viéndose jóvenes y agradables. Casi aprisionada entre ellos, ella, bella, esbelta, grácil, femenina, sonriente, atrapando sus manos. Hay tanta intimidad y electricidad que varias personas parecen presentirlos, observándolos al pasar.

-Sé que suena difícil de creer. Pero resultará. –le dice a Armando; se vuelve hacia enrique.- Estoy convencida de que juntos, los tres, seremos felices. De que los tres podemos ser muy dichosos, queriéndonos.

-Vicky, por Dios…

-Nena, no es posible… -jadea cada uno de ellos, pero es más como un lamento de temor.

Cada uno llegó a esa cita imposible porque amaba a esa mujer, no lo habían dicho, ni siquiera a ellos mismos, pero había ocurrido. Cada uno se enamoró de ella, la idolatraba y esperaba el momento oportuno para declarárselo, casarse en una prefectura y vivir juntos hasta que la muerte los separara. Pero ella había resultado loca, esa nena bella y femenina, dulce y de apariencia frágil había resultad una tigra; a uno le presentó el otro y dijo que los amaba a los dos, desatando un infierno de rabias, rencores, angustias, llantos y desesperación.

Cada uno había decidido intentar seguir, olvidarla, mandarla al coño. Cada uno lo intentó, pensando que podría, pero lo que eran, sus vidas, lo que fueron, los ataba. Cada uno tenía su historia, y ella era el bálsamo que había brindado paz, ternura, pasión y dependencia. A su manera cada uno la amaba, eso habría sido suficiente para seguir luchando por su amor, pero ahora, además, que sabían del otro, tampoco podían separarse así como así. Enrique no deseaba que Armando triunfara, y Armando prefería morirse a dejar que Enrique (a quien ya consideraba su peor enemigo en este mundo) se quedara con Vicky.

Sin saberlo seguían el camino trazado por la joven. Por ello hablaron, intentaron llegar a un acuerdo donde no se mataran mutuamente hasta que Vicky tuviera la oportunidad de rectificar y elegir a uno de ellos. Y a eso iban a dedicar sus vidas, a que ella lo eligiera a él (se decía cada uno) botando al otro como el perro sarnoso e inútil que era. Sin embargo esa joven menuda, de ojos brillantes, tenía sus propios planes. Y no iba a detenerse hasta conseguirlo, y mientras sonríe viendo de uno al otro, en su mente desfila toda una vida, una donde tomando una ducha en la mañana para salir a trabajar, Enrique entra porque tiene prisa, y Armando se les une por el mismo motivo; puede verse preparando algo de cenar mientras los observa, en la salita en penumbras, mirando la televisión donde algún tonto partido de fútbol era transmitido, como amigos, como colegas, esperando por ella. Sí, Vicky León tenía sus propios planes y no se detendría hasta alcanzarlos.
……

En cuanto su madre desapareció dentro de la vivienda, Joaquín la olvidó. No por mala gente o mal hijo, sino porque así era, ninguno de ellos le brindaba a la doñita un pensamiento mas allá del normal. Era mamá y punto. De haber estado enferma de algo malo o de haber muerto súbitamente, seguramente habría entendido cuánto la amaba e iba a dolerle y pesarle no prestarle más atención antes. Pero la gente era así, el ser humano no estaba programado para pensar en felicidades ajenas mucho tiempo, lo primordial era la propia, era una ley egoísta de supervivencia. Flexionando sus brazos sobre la barra de ejercicios, el joven intenta concentrarse en las mil cosas que tiene que hacer. El y los otros debían ir a las concentraciones para explicar las ventajas del nuevo curriculun estudiantil, de la democratización de las universidades. Era importante que…

-Maldita sea… -grazna con rabia, soltándose. No importaba cuánto torturara su cuerpo, su mente adolorida clamaba más.

Nuevamente se deja caer en el banco. Bañado en sudor, jadeando por la boca abierta. Oye risas detrás del muro, oye conversaciones, música. Era sábado en la noche, todos saldrían a bailar, pasear, amar. Estaba convencido de que muchas citas de cama se resolverían en esos últimos momentos. Todos parecían divertirse menos él. Pero no puede pensar en eso, no quiere, porque lo único que venía a su mente era el rostro de ese tonto, engreído y medio mentepollo muchacho que se le había metido en la piel. Era ese rostro sonriente, a veces altivo y chocante, muchas veces tierno e infantil lo único que podía ver. Lo recuerda gritándole, inmutándolo de esa manera tan dura que tenía, por lo que tuvo que callarlo, de la única forma que pudo, a golpes. No sabe por qué lo alteró tanto, otros le habían gritado antes cosas peores, pero en ese momento…

Fue porque era él. Se molestó porque le dolió lo que dijo, no le molestó o alteró, le lastimó. Le dolió porque era Adrián quien las gritaba. Cuánto poder tenían para lastimar aquellos a los que se amaba, recordó esa frase no sabe si leída o escuchada. Dios, cuánto daría por poder llamarlo, por preguntarle si estaba bien (¿y si lo jodí? Coño, pude sacarle un diente o algo; y pensar en esa posibilidad le encoge el corazón en el pecho). Le gustaría tanto llamarlo y oírle decir que lo siente, que siente todo lo ocurrido, y que lo citara para que hablaran. Sí, desea eso, que Adrián diga que deben hablar, que no podían terminar así. Pero sabe que no lo hará. Adrián era una pequeña cucaracha testaruda e intransigente, jamás lo llamaría. Se yergue en la silla; él podía dar ese paso, pero nunca lo haría. Si la vaina debía terminarse, que se acabara, pero no iba a rebajarse llamándolo. No él.

Pero dolía. Ese vacío, esa sensación de querer gritar, correr, golpear o aullar como un perro con rabia era algo nuevo para él. Esa sensación de insatisfacción, de pesar, de casi malestar para respirar era desconocida. Lo sentía ahora, lo sufría ahora… porque Adrián ya no estaba. Temblando, con la boca abierta cierra los ojos. Lo recuerda esa noche, hace como tres semanas cuando salieron huyendo de aquel bar, ocultándose en ese callejón, riente como idiota, como si no entendiera que en verdad pudo pasarles algo malo. Él estaba furioso, con él, con esos tipos que buscaron la camorra. Deseaba golpear a alguien, regresar y caerles a coñazos, o al tonto muchacho; pero al verlo reír de espaldas contra esa sucia pared, como si aquello fuera una aventura de colegial, lo desarmó. Se veía tan joven, tan insensato, tan alegre, tan… hermoso. Fue a reclamarle, pero el otro le había rodeado el cuello con sus brazos, con fuerza, y lo había besado, de forma cálida, no impulsiva, tampoco suave, parecía excitado, y todo su mundo giró, dejó de pensar, de estar molesto, y se aplastó contra él, clavando sus dedos en esa baja espalda. Llenándose con su calor, con su olor, tan duro de ganas que temió estallar literalmente dentro de sus ropas.

Pero eso era pasado. Esa historia había concluido, y su final no había sido nada feliz. Se ahoga y tiene que lanzar un alarido, llevándose las manos a al nuca y cepillando con furia su cráneo con sus dedos. ¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué nada le salía bien? ¿Por qué coño’e la madre todo tenía que malogrársele siempre? ¡No era justo! No era justo, carajo… Y sin embargo, la primera vez que había visto a Adrián, lo había odiado con todo su corazón, de una forma caliente, apasionada. Era su enemigo y deseaba lastimarlo en ese instante. Recordaba que fue en…
……

CONTINUARÁ…

Julio César.

miércoles, 15 de octubre de 2008

TRINITARIAS… (3)

Lista a dar la batalla…

-¿Qué quiere, mamá? –pregunta Joaquín, enderezando la espalda sentado en aquel banco, mirándola entre mortificado e impaciente, mirada que la doña conoce bien.

-Llevas mucho rato aquí, mijo. –comenta ella, suave.

Aleida Mijares es una mujer algo obesa, de cabellos mal cortados, sin mucho cuerpo, medio teñido. Su rostro parece cansino. Su mirada refleja preocupación, cariño, pero también cautela. Lo nota cuadrarse ‘para la batalla’, e instintivamente sabe que Joaquín levanta barreras, muros altos tras los cuales se oculta siempre ahora. Ella sabía de la rabia que lo devoraba por dentro, de ese rencor que había manchado su vida desde muchacho, muchas veces quiso explicarle que eran cosas que pasaban, mala suerte, pero aquel muchacho niño se lo había tomado a pecho y dejó que la rabia anidara en su alma. Para Joaquín no había mayor misión en esta vida que combatir y destruir a los que consideraba sus enemigos. Ella podía entender esa lucha, hasta justificarla, era injusto que alguien muriera de hambre al lado de ricos manjares, pero no la compartía. Pero había más, esa parte que el joven había decidido que nadie conocería, lo obligaba a aislarse en facetas enteras. Sin embargo ella lo intuía.

-Déjeme tranquilo, mamá. Necesito ejercitarme. Llevo días sin practicar. –gruñe sin mirarla, con el rostro enfurruñado.

Si, llevaba días dedicados al ocio y la vagancia; días inútiles, vacíos… maravillosos días que pasaba en compañía de Adrián, dizque discutiendo de política y de conciencia social, cuando en verdad sólo deseaba mirarlo, tocarlo, recorrerlo todo con sus manos, oírlo reír, verlo relajado (siempre andaba como ausente, distante, y en su mirada había como dolor, se dijo más de una vez preocupado).

-No me gusta verte tan solo, Joaquín. Antes salías un día como hoy, un sábado en la nochecita a pasear, al cine, a bailar con tus amigas. Siempre tenías a una llamándote. Ahora andas solitario, no te juntas con nadie como no sea esa gente del… comando. –lo dice con reprobación.- ¿Por qué andas tan solo?

-Hay mucho qué hacer, mamá. No tengo tiempo para pendejadas. –la mira con ese rencor de siempre, no hacia ella, hacia… la vida, pero ahora no parecía tan intenso ni tan sincero como antes, piensa ella. Era una fachada. Otro muro.

-Mijo, ¿por qué ya no traes nunca a una muchacha como antes? ¿Por que no sales con nadie? –pregunta, con el corazón palpitándole. Y él la mira, altanero, elevando el mentón, como dispuesto a contarle, a explicarle. Y ella siente miedo.

-¿En verdad quiere que hablemos, mamá? ¿Quiere saber de mí? –pregunta desafiante; y entiende que no, la mira escurrirse en su mirada. ¿Qué tanto sabría, o sospechaba, ella? Eso que debería mortificarlo como a todo el que oculta algo, no logra alterarlo, no con ella, con su mamá. De forma innata sabe que de ella no debe temer nada. Ella jamás se pondría contra él.- Déjeme solo, mamá. –termina, poniéndose de pie, dándole la espalda y volviendo a la barra con un cansino salto. Le duelen todos los músculos.

Ella entiende que no hablará, no más. y levemente mortificada se aleja. Tenía miedo, miedo de que Justino, su marido, el brutal padre de los muchachos, se metiera. Pero tal vez debería hacerlo al final de cuentas. Lo mira subir y bajar en esa barra, suspirando, ¡qué difícil eran os hijos! Todos daban problemas a su manera, y eso que Joaquín era de los mejorcito. Pero siempre andaba amargado, colérico… excepto por estos últimos días. No sabía (o no quería darse por enterada) qué había variado, pero había notado esos cambios. Lo escuchaba silbar mientras se duchaba, y a veces cantaba, algo inconexo, pero ligero, sintiéndose realmente feliz, y sus baños eran largos, restregándose a conciencia. Lo veía afeitarse bien, revisando su rostro una y otra vez al espejo, pasando sus dedos por la leve sombra de barba y bigote que gustaba dejarse y que le quedaba bien; usando únicamente ropa no sólo limpia, sino que oliera a suavizante.

Lo veía mirar el reloj, inquieto, expectante, atento a su teléfono, sonriendo cuando recibía esos mensajes de textos que nadie más leía. Esa sonrisa, ese brillo en los ojos le gustaba, y la asustaba. Lo veía salir erguido, lleno de vida, de dicha. A veces no regresaba en toda la noche. Justino andaba contento, pero ella… Y lo veía regresar, como aliviado, descargado de rencores, de los viejos odios que le arrugaban muchas veces la frente. Lo veía caer en un sillón durante largos minutos, sonriendo, evocando cosas gratas, momentos felices. Pero todo había terminado bruscamente desde ayer. Algo (¿una pelea?, su labio parecía hinchado) había sucedido y ahora parecía tan seco como siempre, pero también acongojado. Ella no se engañaba, lo percibía en sus ojos. Joaquín sufría.

Ya se le pasaría, se dice como para consolarse, entrando en la enorme cocina, llena de corotos y muebles, algunos muy viejos, como la nevera que daba toques eléctricos si algún descuidado se le recostaba descalzo. Disgustada mira el lavaplatos lleno de peroles. Todos comieron y bebieron como cerdos en porqueriza, y se fueron si pensar siquiera en ayudarla a asear. Nadie lo hacía nunca. Todos parecían creer que ese era su deber, su misión en la vida; tal vez imaginaban que se sentía realizada haciéndolo. Desde que Mary, la mayor de las hembras se había casado, yéndose con su marido, no tenía ningún auxilio en esa casa.

Nadie pensó, esa noche por ejemplo, en darle la sorpresa de lavar los corotos, aunque… de entrar y encontrar que alguien más lo hizo, seguramente la impresión la habría matado. Y debía ser horrible caer muerta en medio de la cocina, con su bata de bolsillos rotos, la pantaleta demasiado ancha de cintura amarrada con un nudo (no se animaba a botarla) y el cabello sin lavar. Sin embargo, sonríe amarga, semejante peligro no existía, no el morir, eso siempre andaba allí, sino que a sorprendieran ayudándola. De alguna manera en la que ella no reparaba, se había creado un patrón… sus otros hijos no se sentían obligados a asear el lugar donde comían, dormían y vivían. No veían la necesidad, no se sentían obligados a ello, estilo de vida que seguramente llevarían con ellos a cualquier otro lado a donde fueran en el futuro. Pero eso escapaba a su razonamiento, ella misma, después de ser una mujer que obligaba a las hijas de niña a ayudarla lavar los baños, había pasado a ser una mujer que no contaba con ayuda para nada, y ya no podía imponerse. Y le parecía normal. De forma inconexa vuelven sus pensamientos a Joaquín, e intuía que había algo, que sucedía algo, que no era del todo normal con él. Y cierta fotografía vuelve a su memoria, incomodándola, llenándola de aprensión.
……

-Mira lo que hiciste, imbécil. –grazna, duro, Armando, sosteniendo a la semi desmayada Vicky por un brazo. El otro joven lo mira fulminante, tocado en una herida abierta que siempre intenta disimular.

-No me digas imbécil, maricón, o te caigo a co…

-Basta. –gime la joven entre ellos, entendiendo que lo mejor era sobreponerse a la debilidad provocada por la sorpresa (¡estaban considerando que ella podía ser de ambos!), o lo perdería todo en esta disputa. Sin embargo sus piernas temblorosas la obligan a tomar asiento en el primero de los escalones, casi halándolos con ella.- No quiero que discutan entre ustedes, no saben cuánto me lastima, como me duele cuando lo hacen.

-Él comenzó. –replica con infantilismo, Enrique.

-Y tú debes ponerle fin, cariño. No quiero que lastimes a Armando, no es tan fuerte como tú.

-¡No soy un tullido! –replica este, pero sin mirar al otro, quien en verdad podría sacarle brillo a todas esas escalinatas barriendo el piso con él. Y es a él, al menos alto, al menos fornido, el más lastimado por todo aquello, a quien la joven mira.

-¿Es verdad lo que dijo Enrique? ¿Estás dispuesto a…? –no halla las palabras. Él sonríe con una mueca, amarga, rencorosa, nada cariñosa.

-¿Qué otro camino tengo, Victoria León? –la mira ahora, con ojos centelleantes, tantos que la acobardan un tanto.- Te metiste en mí, en mi carne de una manera que ya no sé si podré sacarte, o si vale la pena seguir después de hacerlo. –desvía la mirada, torturada, sorprendiéndola como siempre cuando la nota cerrada, oculta, ¿qué había en la vida de Armando que jamás dejaba que ella lo alcanzara totalmente? No lo sabe, pero intuye algo grave, algo muy doloroso y previo a su legada.- Le diste sentido a lo que nunca antes lo tuvo. Le diste luz a una noche oscura, una noche que había durado demasiado y que yo pedía una y otra vez que se terminara. Y ahora esto…

El abatimiento de sus palabras, de su gesto, impresionan aún a Enrique, quien lo mira ceñudo, no entendiendo de dónde saca todas esas palabras que… sonaban idiotas, pero también agradables. La mirada de Vicky, quien se aparta los cortos cabellos que el viento insiste en meter en sus ojos, lo estudia con tanto cariño en esos momentos que se alarma; la joven siente la necesidad de ceder, de ser débil, acunarlo y decirle que lo ama por encima de todas las cosas, que por él haría lo que fuera, que a él lo amaría hasta el último momento de su vida. Pero no lo hace. No puede, porque aunque todo ello es verdad… también estaba Enrique. A él también lo amaba. Una manita de la joven cae sobre la pierna del muchacho en taje, quien se tensa, quien se alerta, pero también arde, su toque basta para despertar sus sentidos, sus emociones. Enrique traga saliva, una que es amarga, seca, arenosa.

-Yo te quiero, Armando, con todo mi corazón. –reconoce ella, con una leve sonrisa de ternura.- Me lastima verte así.

-No, no es verdad. Me hieres a propósito. –la acusa, con ojos brillantes de una humedad que contiene.- Estás conmigo y estás con él. Para ti soy un juego… un tipo con el que pasas un rato.

-No es así. –es enfatiza, simple.- Contigo me siento segura, adorada, importante. Tu también lo eres para mí. Eres mi vida.

-¿Y él?

-También lo amo. –admite, sosteniendo su mirada que se nubla de rencor, de rabia. La sostiene, la resiste hasta que nota su vergüenza, su retirada. Entonces se vuelve hacia el otro.- Enrique es una persona maravillosa, un ser humano increíble. –le sonríe, le gusta notar como todo disgusto desaparece del más fornido con tan sólo mirarlo. Se vuelve al primero.- Cuando lo conozcas mejor, lo entenderás, sabrás de su corazón limpio de niño buena gente, de compañero constante y fiel. Con Enrique en nuestras vidas habrá risas, camarería, compañía. Él y yo estaremos ahí para ti, para sostenerte cuando estás decaído, para sacarte de tus melancolías. Con él y conmigo jamás estarás solo.

-No… no… Conmigo que no cuente. –grazna Enrique enfático, desviando la mirada, todo eso era demasiado. No le gustaba para nada lo que decía su nena. Él era un carajo normal, un tipo que le gustaba la buena comida, la buena cama y las mujeres. La deseaba y adoraba a ella, no quería conocer a ese sujeto, ni mucho menos… estimarlo.

-Si, cariño. Él contará contigo, como lo haré yo misma. –parece convencida. En su mirada, en su sonrisa, en sus gestos hay algo que los asusta a ambos, porque les parece entrever un mundo distante, uno donde ellos dos estarían demasiado cerca.- Y tú y yo contaremos con él, verás lo organizado, lo fiable, lo protector que puede llegar a ser. Con Armando en nuestras vidas habrá estabilidad, serenidad; él te dará una mano cuando las cosas estén mal, porque él es así, más bajito, menos fornido, pero hecho de acero.

-Lo que dices es una locura. –jadean casi a dúo, mirándose alertas, incómodos al concordar en algo.

CONTINUARÁ…

Julio César.

lunes, 7 de julio de 2008

TRINITARIAS… (2)

Lista a dar la batalla…

-Vicky…

-¿Qué haces aquí? –se controla la joven, mirándolo fijamente antes de volverse y encarar a Armando.- ¿Qué hacen aquí… juntos?

-¿Hay algo malo en que nos encontremos, Victoria? Pensé que eso era lo que deseabas, ¿no? –replica este tragando saliva, mirándola de forma atormentada, furioso. Es vergüenza, humillación y dolor lo que arde en su alma, se siente… traicionado, traicionado por ella, su chica, la mujer a la que ha llegado a amar tanto sin darse cuenta de cuándo sucedió. ¡Ella lo había traicionado con ese tipo!

-Armando, por favor… -la joven no le ruega que se modere, no le pide que no le hable así; ella desea que deje ese pesar, ese dolor que parece quemarlo porque sabe que eso lo hace infeliz, y que sufre, y eso la lastima más que cualquier cosa que pueda decir.- No me gusta verte así…

-¿Y cómo se supone que debo estar cuando me entero que la mujer a la que quiero no sólo ha estado engañándome, que un día me sale con el cuento de que ama a otro sujeto, un gorilita que…?

-Ten cuidado con tu boca, pana, o te la borro frotándote esa fea carota contra el piso. –gruñe Enrique, belicoso, viéndose peligroso, alzando una mano.- ¡Y no le hables así a mi novia! –casi gruñe. Armando lo mira furioso.

-¿Es que acaso no has entendido todavía lo que pasa? ¿Lo que quiere Vicky? –se desespera al ver al otro como extraviado. Clava sus ojos furiosos en ella, que se revuelve inquieta, bajando la mirada.- ¿Cómo puedo aceptar que la mujer a la que quiero, ama también a otro hombre, y que acepte que tú quieres que yo te comparta con él? –casi grita en el colmo de las desesperaciones. Ella bota aire, levanta la mirada y lo encara, hermosa, decidida, pequeña pero fuerte.

-Me han estado compartiendo durante semanas…

-¡Victoria…! -Armando jadea mal, con la boca algo abierta, ¿como podía su bella chica ser tan implacable? ¿Acaso no entendía cuanto lo lastimaba?

-¡Nena…! -gruñe también Enrique, con el corazón martillándole con fuerza, sintiéndose lleno de una rabia homicida, de un dolor sordo. La joven se vuelve y lo mira de forma directa, clara, hermosa en su simpleza, en su razonamiento de conversa (de medio loca).

-Ya se los dije… No quise esto, no lo busqué, no sé como sucedió, pero así es. Cuando te conocí, cariño, me quedé sin aliento. Eras tan hermoso, sonriente, alegre y lleno de vida que quedé fascinada. Eres tan fuerte, viril y salvaje. Tu cuerpo parecía estar señalado con lámparas adicionales. Sabía que… -y se muerde el labio con cierta vergüenza pero sonríe al fin.- …que serías genial en la cama, que me harías vibrar y gritar. Creí que… era todo, que al fin había encontrado a esa persona que sería la mía, la esperada. Me dije, Vicky, a los veinte ya llegaste al final del camino, esto es lo que querías. Lo que era para ti. –levanta una manita y le toca el rostro, viéndolo tragar, como dolido y gustoso de oírla.- Eres tan maravilloso, Enrique, que cualquier mujer habría sentido lo mismo. Al verte supe que tenías que… ser para mí, y estar en mi vida y en mi cama; sabía que desearía despertar cada mañana a tu lado.

-Yo siento eso por ti, nena, entonces… ¿por qué me haces esto? –suena mal, casi suplicante, pero su mirada se endurece, salvaje, al mirar al otro sujeto, quien parece abatido de oírle a la mujer que quiere decir todas esas cosas.

-Porque entonces conocí a Armando. Fue unas dos semanas después. –se vuelve y lo mira, fijamente a los ojos, resistiendo su enojo, su rencor, su rabia sorda que se expresaba en forma de dolorosa mueca de repulsa.- Cuando te vi sentí algo extraño por dentro. No fue algo… como lo que sentí por Enrique, no deseé saltarte encima y quitarte las ropas y arrastrarte a mi cama.

-Qué bien. –grazna, enrojeciendo de malestar.

-Era algo más pausado, amor, más calmo. No fueron mis entrañas las que enloquecieron… fue aquí… -y esa mano cae en su propio corazón.- Sentí calor y frío, alegría y angustia. ¿Quién eras tú, tan callado, tan lejano, tan… dolido? Tu carita era la del hombre tímido, el callado, pero tus ojos eran salvajes, hambrientos. Me mirabas y dejabas salir todo aquello que no decías. Y te deseé esa vez. Me dije: qué locura, ya tengo a Enrique, pero… debía estar contigo. –traga saliva y desvía los ojos por un segundo.- Me creí una demente. Casi una… -no quiere pensar en palabras como zorra, puta u otras.- Pensé que si me acostaba contigo, si estabas entre mis brazos, todo terminaría. Esa curiosidad, esa necesidad extraña de ti, pasaría. Y yo continuaría mi camino, con Enrique. –ahora lo mira intensa.- Pero no funcionó. De alguna manera te metiste en mi corazón. –mira de uno al otro, angustiada, no sabía cómo explicar que los quería, no sabía qué palabras usar para que entendieran que para ella eran necesario los dos, que los deseaba a los dos, que necesitaba verlos, oírlos, sentirlos, y que cada uno era tan importante como el otro. ¿Como explicar eso? ¿Como podrían ellos entenderlo? Y sin embargo así era.

-Es una locura, no se puede amar a dos personas al mismo tiempo. –jadea Enrique.

-¿Quién lo dice? ¿Dónde lo dice? –rebate ella, serena.

-No estamos hablando de las mismas cosas, Victoria. Un hombre puede compartir a una furcia, a una tipita con otros. Pero no a la mujer que ama. –gruñe, ronco, Armando.- Yo no puedo. Tú lo miras así porque… lo que sucede es que no me quieres en verdad. –y esa confesión le destroza por dentro, su tono es amargo.

-No, yo te amo.

-Vicky… -grazna Enrique.

-Los quiero a los dos. –casi grita, mirando de uno al otro.- Quiero que entiendan que…

-Yo no puedo entender esto. –ruge Armando.

-Es una locura. –ataca Enrique. Ella calla, y baja la mirada.

-Entonces… es todo. –alza la mirada cuajada en llanto.- Es todo. Se acabó. –mira a Armando, desafiante.- ¿Es lo que viniste a decirme? ¿Que todo se acabó?

-No… yo no… -traga saliva, sitiándose morir. Enrique lo mira molesto.

-Lo que el señor elocuencia y mucha inteligencia que se cree mejor que yo quiere decir es que nada se ha terminado. –trona, y Vicky se vuelve a mirarlo, impactada, sintiendo que su corazón quiere detenerse, dividida entre creer y no querer engañarse.

-¿Qué quieres decir, cariño?

-Vicky, yo… no puedo seguir sin ti. No sé qué me pasó, pero ya no puedo pensar en continuar viviendo sin verte. –declara enrojeciendo.- Te extraño, cada noche, a cada rato. Sueño contigo, con tu cuerpo, con tus besos y tus miradas. Recuerdo cuando me acariciabas en la cama, cuando me decías que todo estaba bien, que la vida era maravillosa aunque no se tuviera plata. Extraño tu calor, tu ternura…

-Enrique… -sonríe boba, llorosa.- Yo también te quiero.

-Igual yo. –se apresura Armando, tomándola por un hombro, obligándola a encararlo.- Te metiste en mi sangre, en mi cabeza, en mi carne. No imaginas lo infeliz que he sido estos últimos días sin ti. Yo mismo no sospeché cuánto te extrañaría, cuánta falta me harías. No sabes la rabia que siento al saber que ya no puedo tocarte, ni oírte o besarte. Y así no puedo. –confiesa. Encara la mirada interrogadora de la joven.- Te deseo en mi vida, Vicky León, y si para volver a tenerte debo soportar y reconocer que este tipo también existe, que así sea.

-Epa, mamarracho, este tipo tiene nombre. –gruñe el otro.

Pero Vicky ya no oye, sus mejillas palidecen, igual sus labios, y si no es por los dos jóvenes habría caído cuan larga es, rodando cuesta abajo por esas escaleras. Alarmado los dos la llaman, con sus manos casi cruzadas sosteniéndola, cada uno a su lado, angustiado, preocupado, llenos de amor.
……

-¿Qué quiere, mamá? –pregunta Joaquín, enderezando la espalda sentado en aquel banco, mirándola entre mortificado e impaciente, mirada que la doña conoce bien.

-Llevas mucho rato aquí, mijo. –comenta ella, suave.

Aleida Mijares es una mujer algo obesa, de cabellos mal cortados, sin mucho cuerpo, medio teñido. Su rostro parece cansino. Su mirada refleja preocupación, cariño, pero también cautela. Lo nota cuadrarse ‘para la batalla’, e instintivamente sabe que Joaquín levanta barreras, muros altos tras los cuales se oculta siempre ahora. Ella sabía de la rabia que lo devoraba por dentro, de ese rencor que había manchado su vida desde muchacho, muchas veces quiso explicarle que eran cosas que pasaban, mala suerte, pero aquel muchacho niño se lo había tomado a pecho y dejó que la rabia anidara en su alma. Para Joaquín no había mayor misión en esta vida que combatir y destruir a los que consideraba sus enemigos. Ella podía entender esa lucha, hasta justificarla, era injusto que alguien muriera de hambre al lado de ricos manjares, pero no la compartía. Pero había más, esa parte que el joven había decidido que nadie conocería, lo obligaba a aislarse en facetas enteras. Sin embargo ella lo intuía.

-Déjeme tranquilo, mamá. Necesito ejercitarme. Llevo días sin practicar. –gruñe sin mirarla, con el rostro enfurruñado.

Si, llevaba días dedicados al ocio y la vagancia; días inútiles, vacíos… maravillosos días que pasaba en compañía de Adrián, dizque discutiendo de política y de conciencia social, cuando en verdad sólo deseaba mirarlo, tocarlo, recorrerlo todo con sus manos, oírlo reír, verlo relajado (siempre andaba como ausente, distante, y en su mirada había como dolor, se dijo más de una vez preocupado).

-No me gusta verte tan solo, Joaquín. Antes salías un día como hoy, un sábado en la nochecita a pasear, al cine, a bailar con tus amigas. Siempre tenías a una llamándote. Ahora andas solitario, no te juntas con nadie como no sea esa gente del… comando. –lo dice con reprobación.- ¿Por qué andas tan solo?

-Hay mucho qué hacer, mamá. No tengo tiempo para pendejadas. –la mira con ese rencor de siempre, no hacia ella, hacia… la vida, pero ahora no parecía tan intenso ni tan sincero como antes, piensa ella. Era una fachada. Otro muro.

-Mijo, ¿por qué ya no traes nunca a una muchacha como antes? ¿Por que no sales con nadie? –pregunta, con el corazón palpitándole. Y él la mira, altanero, elevando el mentón, como dispuesto a contarle, a explicarle. Y ella siente miedo.

-¿En verdad quiere que hablemos, mamá? ¿Quiere saber de mí? –pregunta desafiante; y entiende que no, la mira escurrirse en su mirada. ¿Qué tanto sabría, o sospechaba, ella? Eso que debería mortificarlo como a todo el que oculta algo, no logra alterarlo, no con ella, con su mamá.

CONTINUARÁ…

Julio César.

jueves, 26 de junio de 2008

TRINITARIAS

PREAMBULO

El corazón tiene sus razones…

Sudoroso, jadeante y totalmente agotado, el hombre, joven todavía, cayó de espaldas sobre la cama, intentando controlar su ruidosa respiración. A su lado, de pie, la mujer lo miraba con velado interés mientras bate con una pequeña cuchara un tónico reconstituyente anaranjado, de feo aspecto, dentro de un vaso. El cuarto huele a transpiración, a calor, a uso. La mujer, no tan joven tampoco, se inclina en la cama, sonriéndole, tendiéndole el vaso, solícita.

-¿No se te ha aliviado la diarrea? –le pregunta.

El hombre no responde, se siente indispuesto y no es únicamente por el descontrol de sus entrañas, también se siente ligeramente mareado.

-No… -y calla mirándola, encontrándola atenta, a su lado, aunque el cuarto olía a rancio, llevaba tres días en esa vaina. Pero el ‘noviazgo’ ya llevaba tres años, se dice siendo sincero, el compromiso comenzaba a apestar mucho más.- Elena, ¿te casas conmigo? –dejó escapar, sorprendiéndose mientras lo decía.

-¿Qué? –compone ella una sonrisa circunspecta, dejando ver las finas arrugas alrededor de sus labios. Dios, debía sentirse realmente mal, pensó.- ¡Claro que si!

-Bueno… -termina él, sintiéndose extrañamente asustado.

¿El amor era siempre así? Se habla de magia, de campanas, de terremotos, de luces que estallan, pero para la pareja perecía más bien la conclusión de un viejo negocio iniciado hace tiempo. A la mujer no le molesta, lo quiere… porque ya se hizo a la idea de que sería su marido, el compañero para siempre, el padre de sus hijos. Que estuviera algo afiebrado, frágil y vulnerable no le quitaba méritos al momento. Ella lo haría feliz, sería la mujer que él necesitaba para continuar en la vida. Viéndolo bien, era un compromiso sólido, ¿qué no había magia? Tal vez tras su rostro algo desencantado la mujer ocultaba a una fanática del amor. Posiblemente tras sus temores, el hombre escondía el alma de un romántico.

“Qué porquería”, exclamó para sus adentros el joven de piel negra y cabellos muy cortos, frunciendo la boca, viéndose más bembón. ¿Quién creería que eso era una novela romántica? Si llegaba a enseñársela a alguien se reirían, no tanto de la diarrea, cosa que siempre parecía divertido, reconoce para sí, sino de sus pretensiones. Mortificado selecciona el borrar todo y de la pantalla de su ordenador desaparecen los ofensivos párrafos. Se pone de pie, es alto, delgado, con un aire elegante, como de pantera esbelta.

Su pequeño apartamento parece tan agobiador como ese cuarto de amores con aroma a baño. Se dirige a la ventana que da a la calle, lanzándole una larga mirada a Caracas, el atardecer va cayendo. Dejaría toda esa tontería de la novela y saldría a tomar algo, tal vez con su pana Javier, para salvar la noche. Suspirando piensa en cuánto desea un cigarrillo, pero esa batalla si pensaba ganarla. Mira la computadora, disgustado otra vez, preguntándose cómo hacer para sonar sensible, delicado… amable. No eran atributos suyos. Pero tenía imaginación, carajo, debería ser capaz de escribir sobre el amor, aunque no supiera de él. Su pareja daba asco (¿y qué esperabas si se le declara con diarrea?, le parece oír la voz de una querida amiga), pero supone que debía haber cientos de millones de parejas formadas en bases más endebles.

Pero, ¿era siempre así? ¿Realmente existía ese embrujo que enloquecía a las personas, que las hacía vivir toda clase se situaciones, de avatares con tal de estar juntos? ¿Existía eso en todas las vidas? Tal vez. Seguramente existía el hombre que pensaba en su amada sintiéndose afiebrado pero de ganas de verla, oírla, tocarla, pensando únicamente en la manera de hacerla más y más feliz, sin detenerse en pensar tanto en sus propias satisfacciones, porque sus necesidades quedaban cubiertas al verla sonreír de amor. Tal vez estaba ella, la mujer que un día enloquecía de tal manera por un hombre que con tal de seguirlo cruzaba pantanos oscuros, escalaba rocas filosas y nadaba entre tiburones. Imaginar amores poderosos, grandiosos, llenos de luces y sombras, animaba en el fondo a los millones y millones que se detenían por un momento ante una hermosa puesta de sol, no mirando los bellos y nostálgicos colores, sino imaginando una vida distinta, rica en sensaciones, en emociones, en sentimientos. Pero ¿existían esos amores?
…..

A tres días del momento cuando la líder popular Irsia Roce, acompañando a la dirigencia de los estudiantes combativos (llamados despectivamente oficialistas) tomó la sede de la Nunciatura Apostólica, en protesta por los allanamientos en el 23 de Enero, en busca de los cómplices del carajo muerto a las puertas de La Cúpula Empresarial cuando colocaba un artefacto explosivo, todo parecía quedar dicho. El País daba vueltas y vueltas para terminar justamente en el mismo punto, nada se aprendió, nada se rectificó, la marcha hacia el desastre, el caos, el desgobierno parecía signar los tiempos. Mientras se intentaba forzar la mano con leyes ilegales, con medidas chapuceras, quienes debían vigilar se lanzaban a una nueva aventura electorera, convencidos como estaban que el rival a vencer no era un Gobierno que amenazaba con encadenar el país, sino el ‘colega’ opositor mejor ubicado; era a ese a quien debía destruirse. Era una feria de borrachos idiotas peleándose por una botella vacía entre eructos, vómitos y meadas, pero todos con rostros muy serios, graves, como si de gente calificada se tratara.

El país continuaba, de alguna manera, marchando. Calles y avenidas se llenaban de gentes y vehículos, de personas de rostros graves, risueños, molestos, preocupados que se cruzaban, se rozaban, se miraban furtiva o fugazmente, cada uno continuando su camino. Eran personas normales, gente de rostros llamativos, anodinos, interesantes, atractivos, vulgares o poco agraciados, gente común. Era difícil adivinar en sus semblantes los demonios que atormentaban a tantos, o las mieles de placeres que no costaban dinero o esfuerzos, esos que eran libros cerrados para tantos individuos.

En una vivienda cualquiera estaba la mujer que miraba a su hijo consumirse con una rabia que entendía pero no compartía, presintiéndolo dominado también por una pena mayor, más grave, algo tan grande que no se confiaba a ella, quien cada noche antes de dormir pedía al Dios que le enseñaron a amar de niña por él y sus hermanos. O la hermosa joven, cuyo corazón se encontraba dividido, no entendiendo cómo le pasó eso, pero enfrentándolo con una extraña determinación que la llevaría a playas muy lejanas, viéndose obligada a enfrentar a toda la gente que ama. Y está el joven, el moderno Romeo, quien un día descubre que su mayor ilusión, su más grande afecto nace de quien más debe odiar, de la persona a la que debía despreciar, sintiéndose atormentado por ello.

Pero ninguno de ellos podía hacer mucho por escapar a esas dudas, a esos temores, retos que estaban allí para probarlos. Eran prácticamente esclavos de lo que un día, quisieran o no, llegó a sus vidas cambiándolo todo, volviéndolo de cabeza. Quienes en verdad nunca han amado piensan que todo puede controlarse como quien evita comerse un pedazo de chocolate, porque aunque rico, puede ser peligroso por el azúcar o el peso, por lo tanto se le deja, se le abandona y se continúa. Pero eso no funcionaba para aquellos que sentían que sus vidas comenzaban y terminaban en una mirada ajena, en una sonrisa que despertaba alegría, ganas de gritar, de correr, de fundirse en un abrazo para sentirse sostenido, fundido. Amado. ¿Quién puede correr y escapar de su corazón?: únicamente un demente…
…..

La tarde muere sobre Caracas, haciéndose ya casi de noche, el crepúsculos parecía caer temprano ahora. María Montes, cincuentona no muy alta, algo abultada en la línea del ecuador, que empeoraba por la costumbre de colgar el koala ahí, mira con aprensión la larga escalinata que debía descender para llegar a la plaza baja. Los escalones recreaban un enorme y amplio semi circulo, pero el espacio entre ellos era estrecho; una mala pisada y terminaría rodando hasta la Baralt, avenida por donde parecía circular todos los carros y autobuses del mundo. Se detiene un momento porque le parece ver una chispa de color en el gris paisaje de abajo, de vida, que se desliza con paso grácil. Una muchacha venía por la plaza baja y comenzaba a subir.

Y no era que María Montes fuera fijándose por ahí en muchachas, pero esta era llamativa. Había en ella algo que era más que belleza, era… vitalidad. Era muy joven, lo notaba por los rasgos dulces y boniticos de su rostro, un algo como inocencia de niña que ya iría perdiendo pasado los veinti tantos. Era delgada, de busto llamativo, no grande pero vistoso, bien enfundado dentro de un suéter blanco que se amoldaba a su cuerpo. Sus piernas eran largas pero no flacas, como se notaba debajo del jeans rojo ajustado que usaba. Su cabello era negro, mucho, finito, corto, y sin embargo abundante y femenino. Lo que le confirma que era una belleza era lo que ocurría a su paso. Todos se volvían a mirarla. Los hombres la seguían, sus ojos bajaban a su trasero. A su paso, si dos tipos hablan, callan, y uno le hace señas al otro para que la mirara. Y lo hacen los muchachos, los hombres, los ancianos. Al paso de la muchacha las cabezas se volvían deseosas de darle una buena mirada al parachoques. Algunos siseaban y le decían cosas, pero la joven parecía no verlos, ni darse cuenta del efecto que produce. Debía ser lindo ser ella por un rato, se dice María Montes. Ella, aunque tuvo lo suyo (sus tetas marcaron su momento), jamás tuvo ese ángel, esa apariencia. Esa chica debía, forzosamente, ser muy feliz.

“Qué mugre de vida, quisiera estar muerta”, pensaba para sus adentros Victoria Mendoza, Vicky para todo el mundo, la hermosa joven, mientas contempla la larga subida de escaleras. Vicky no está contenta con su vida, no podía estarlo. Tenía juventud, belleza, ángel, encanto, pero mas importante, inteligencia, determinación y salud, y sin embargo nada de eso le brindaba cosuelo en esos momentos. Era infeliz, terriblemente infeliz. Se muerde el labio inferir viéndose increíblemente bella en ese instante, casi logrando que un joven que viene bajando trotando pelara un escalón ante tanto encanto, y cayera. Él le sonríe pero ella no repara en él. No puede. Su mente está lejos, en las tierras del dolor. Y dejaba leves huellas en sus facciones.

Su frente es despajada, totalmente lisa. Su rostro es delgado, de barbilla en punta, con un deje de firmeza. Sus pómulos redondos son altos, sus mejillas suaves, sin defectos. Su nariz es corta, algo levantada. Sus ojos marrones claros, eso que llamaban aguarapados, despiden luces a la mortecina luz que le daba de frente, cegándola un poco. Sus labios, enrojecidos de labial, son carnosos, pero no abundantes. Era, en síntesis, toda una monura de mujer, pero no era feliz.

No se le ocurre hacer semejante comparación, pero su estado de ánimos debía ser el mismo que tuvo Eva una vez expulsada del Edén, donde todo era bonito, bueno y barato, para pasarla canijas con Adán, y eso antes de que pariera con tanto dolor. Vicky no cae en tal paralelismo pero lo intuye. Ella lo tuvo todo, tan sólo cinco noches atrás gritaba y creía morir de dicha en su camita, en brazos del amor. Ahora no tenía nada; ruborizándose, reconoce que se portó mal, fue una chica muy loca y traviesa, pero no lo hizo por maldad, sino porque estaba, eso, loca… Loca de amor, y eso la llevó a comportarse así, como una demente. En esos días, tan sólo cinco días atrás, pero especialmente las noches, sobre su pequeña cama, gritó, mordió, sudó y arañó mientras era poseída, atravesada por mil placenteras sensaciones que la hacían gemir una y otra vez, mientras era saciada y satisfecha cada una de esas ocasiones.

Cada noche gritó de placer, de lujuria, pero también de amor. Coño, ella se había entregado con todo, ella no se había guardado nada, se entregó con pasión, de forma frontal, total y sin tapujos. ¡Se enamoró! Lo hizo todo, lo tocó, acarició, lamió y mordió todo. Hizo cosas que jamás les contaría a su madre y a su hermana que eran sus mejores amigas, no porque se arrepintiera, sino porque no sabría cómo contarlo sin parecer una obsesa, una maniática. Lo había tenido todo, había sido feliz, estaba en la cumbre, allí donde al elevar la mirada podía verse el Cielo de cerca… pero mentía. Y ella odiaba engañar, fingir, no pudo continuar aparentando que todo estaba bien. Quiso actuar correctamente y todo había estallado en su cara. Ahora se siente morir.

Y el hombre que la sigue unos pasos más atrás, tal vez lo haga. Aquel hombre la odia al punto de desear matarla… porque una vez la había amado demasiado y ella había jugado con sus sentimientos, como si de un imbécil se tratara. La joven sube, el hombre tras ella lo hace también, y a cada paso en pos de la mujer que tanto quiso, siente que todo va a estallar, y que todo terminará mal.
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Solitario en el patio de la casa paterna, Joaquín Garcés se ejercita, con un ritmo que parece suicida. En el estrecho lugar, semi techado, el joven levantó algo parecido al esqueleto de un jergón de cama, un rectángulo de listones metálicos de dos metros veinte de alto por metro y medio de ancho, asentado sobre una base en forma de ve invertida, que le brinda estabilidad. Joaquín tiene sus puños cerrados fieramente alrededor del tubo superior, alzando su cuerpo con la fuerza de sus brazos, con la presión de su cuerpo, doblando sus rodillas. Sube y baja mientras jadea y resopla como un fuete. Lleva casi cuarenta minutos en eso, pero no lo sabe, no lleva la cuenta de cuántas flexiones ha realizado, sabe que son bastante porque sufre, todo le duele, los músculos de brazos y tórax le arden, pero no se detiene. No puede. Debía continuar. Agotarse para no pensar. Castigarse.

Es un joven que tiene mucho en su haber, comenzando por eso, por su juventud, unos veintitrés años de edad. Es alto, mucho, más que sus hermanos, delgado pero fibroso, de bíceps más o menos desarrollados, de brazos fuertes. Su torso se dibuja bien, algo velludo. Su cintura es estrecha, su cabello negro es grueso aunque liso, sus ojos son oscuros, marrones pero sin luces, su boca es algo rellena, de labios que podrían ser llamativos si no fuera porque generalmente estaban oprimidos en una delgada línea de disgusto, mostrando la furia que dominaba su alma. Su cuerpo pasa un examen, como lo sabe él por las miradas que muchachas y mujeres, y uno que otro tipo por ahí, le han lanzado. No se cree bonitico como esos mariconcitos que participan en el Mister Puchungo, aunque de haberlo querido…

Pero esas vainas no le interesaban a Joaquín, le gustaba sentirse bien, y verse mejor por él, era joven, es decir le gustaba gustar, que lo notaran, pero no más allá de un límite de exhibición. Eso le parecían exhibicionismos idiotas. Y los tiempos no estaban como para andar con esas pendejadas. Como joven de clase media pobre que le había tocado ver el batallar de sus padres, amigos y vecinos, no era tolerante, ni con otros ni consigo mismo. Él sabía que pertenecía a la basta mayoría pobre de un país rico. A él le tocó ver morir a una hermanita de cinco años en un hospital donde no había anestesia, mientras los niños ricos compraban en dólares carros blindados para correr piques en la capital, sin importarles a quién se levaran por el medio. Suya era la rabia de la exclusión, de los sin nada, de ver temblar de hambre a una anciana en su rancho, y a otra comiendo perrarina, de ver a los niños competir con zamuros y perros en un botadero de basura por algo que era el desperdicio de otros. Suya era la rabia de ver a otros, una minoría, entregarse con burla a vicios y excesos mientras una basta mayoría sufría.

Él había nacido bajo la crisis, para él el Vienes Negro nada significaba, no podía saber que antes de ese día Venezuela parecía rica y sus ciudadanos estaban inmersos en una fiesta orgía de gastos. A él le tocó hacerse hombrecito cuando un presidente ladrón y felón, Carlos Andrés Pérez, que había endeudado y robado anteriormente a la República, llegaba nuevamente al poder, prometiendo repetir el festín de Baltasar, ilusionando a los crédulos. Él supo de la traición, del paquete; de las medidas económicas duras tenientes a conseguir nuevos créditos internacionales para que la reducida camarilla continuara viviendo bien. Él escuchó los cuentos de gente que enloqueció literalmente cando de la noche a la mañana se encontraron con que eran embargados sus apartamentos, carros y cuentas por intereses de mora, liberados alegremente por gente que tenía plata y a la que nada de eso afectaba o importaba; qué se jodieran todos esos idiotas, era lo que decían.

Escuchó, y sintió como un dolor propio, las historias sobre el Caracazo, que en verdad había comenzado en la vecina población de Guarenas, un veintisiete de febrero del ochenta y nueve, cuando una mujer con dos niños que iban al colegio fue insultada y vergajeada por un chofer de autobús en el terminal, porque no tenía para cubrir el nuevo aumento del pasaje. Aquel tipo no explicó que él era otro ciudadano víctima de planes económicos que no entendía ni fue consultado, simplemente la mandó a lavarse ese rabo, y llena de rabia (le contaron más tarde, y se preguntó cuánto de eso no sería invento y leyenda ya), esa mujer había abrazado a sus muchachos y preguntó a gritos que qué pasaba, si era que en Guarenas y no quedaban hombres con bolas que defendieran a una mujer.

Y la defendieron. Esa madruga, en Guarenas, de los gritos y empujones se pasó a los golpes, a destruir e incendiar unidades de transporte, y esa rabia pareció explotar rebasando al pueblo. La gente salió a las calles de Guarenas a saquear, quemar y destruir. Pronto todo el país estuvo envuelto en desordenes, el amor a Carlos Andrés había terminado. La Guardia Nacional salió a reprimir a los alzados. Se habló de cantidades increíbles de caídos, de muertos, desaparecidos, y de las fosas comunes. El orden se restableció pero la república se habría resquebrajado, un grupo supo de la salvaje represión contra un pueblo que debía someterse a privaciones mientras una pequeña elite política vivía sin vergüenza, exhibiendo groseramente lo robado frente a una poblada famélica, y una clase empresarial que sacaba sus ganancias de este suelo para tierra más serias, ‘más civilizadas’, decían al poner a buen resguardo el botín extraído del campamento minero donde nacieron y explotaron sin piedad, como solía decir el periodista Rafael Poletto.

Para un grupito era lo bueno, incluso la protección de las armas de la república, del soldado vuelto contra el pueblo para protegerlos, para una inmensa mayoría era la cola desesperante en una parada de jeeps donde aguardaban para subir a uno de los incontables cerros llenos de hacinamiento, marginalidad y en manos de delincuentes, a pasar una noche en zozobra oyendo disparos, rogándole a Dios no tener que necesitar salir esa noche por alguna emergencia médica, porque era aguantar hasta el otro día o arriesgarse a morir en las sombras de un callejón.

Un grupo lo tenía todo, una inmensa mayoría, nada. Eso lo aprendió pronto el joven Joaquín Garcés, y contra eso levantó su voz de protesta, prestó su cuerpo, su corazón; por ello daría su sangre y su vida. Era su credo, la razón de su existencia. Su odio. Y sin embargo, dejándose caer con un gemido largo, lleva rato castigándose, con cada músculo doliéndole, nada de eso ocupa su mente en estos momentos. Medio inclinado, enderezarse le duele, igual que bajar totalmente los brazos, se deja caer en el banco de cemento donde su madre separa las ropas de colores para su lavado. Brilla de un sudor cálido y oleoso que le quema un ojo, su boca casi resuella. No piensa en sus enemigos, ni en su tarea, su misión… Lo que lo tiene mal, aquello que lo lastima es recordar un dulce rostro al que desea ver por encima de todas las cosas, unos ojos que siempre lo miraban con impaciencia, casi acusándolo de algo (Joaquín había llegado a preguntarse qué había hecho en esta vida para que esos ojitos lo miraran así, con tanto rencor a veces), en una boca que no se cansaba de besar cuando estaban juntos, a la que ha cubierto infinidad de veces, sintiéndose derretido por dentro al hundir su lengua, saboreando de forma codiciosa, mientras endurece todo por fuera, apretándose contra ese cuerpo con el que ya soñaba por las noches.

Cierra los ojos sintiéndose morir, presa de una rabia infinita, no, más que eso, pesadumbre… porque aquella hermosa locura que le hace arder la sangre y las carnes, había terminado bruscamente, en medio de miradas de odio. No, tiene que reconocer con un infinito pesar, sintiéndose arrecho consigo mismo, no era odio lo último que brilló en su mirada. Bota aire, se endereza, le molesta sentirse así, impotente, maniatado, frágil; esa vaina no le gusta porque lo debilitaba, a él que era fuerte como un caballo, para halar y acarrear gente, y enfrentar a sus enemigos. Mira sus manos, eran grades y fuertes, las cierra y repara en sus nudillos, la mano derecha muestra claras señales de raspaduras. ¿Cómo pudo gritarle todo eso? ¿Cómo pudo mirarlo con tanto odio y gritarle que no era más que una maldita basura? Se estremece, aún ahora, al recordar todas esas palabras que lo lastimaron saliendo de esa boca que tanto le gustaba. Lo había visto todo rojo y levantó su mano con odio, con furia. Todo degeneró y golpeó y golpeó, sitiándose bien en ese momento, dejando salir lo que era, un hombre, coño, un macho que no podía ser ofendido así. Le hizo sentir bien derribar y hacer sangrar. Fue cuando ocurrió.

Cuando golpeó vio la sorpresa brillar en esos ojos, luego la rabia y las ganas de defenderse, pero con los nuevos puñetazos encontró odio… y finalmente miedo. El miedo brilló en esos ojos. ¡Le tuvo miedo! Y eso le provoca un estremecimiento de dolor, ¿cómo pudo imaginar que…? Dios, él jamás le haría daño, ¿acaso no lo entendía? ¿No sabía lo que sentía? Se dejó llevar por su mal genio, por su rabia, por el rencor de oírle decir todas esas vainas (“Eres una maldita basura”, todavía escuchaba las palabras flotar en el aire). Lanzando un furioso maldita sea se pasa los dedos por el corto cabello algo alzado por naturaleza. Siente que quiere morirse, gritar, emprenderla a patadas contra el banco para dejar salir ese dolor, esa frustración que ni casi una hora de atormentarse con flexiones ha logrado curar. Abre los ojos y jadea, sintiéndose infinitamente triste.

-Maldita basurita, ¿por qué me tratas así? ¿No sabes que me gustas, que me gustas mucho? ¿Por qué me lastimas de esta manera, Adrián? –susurra plañidero, y decir el nombre del otro lo llena de una cálida oleada de rabiosa ternura, de insatisfecha ira, como lo era todo en su vida.

-¿Joaquín, mijo…? -escucha la queda voz.

La sorpresa casi lo hace saltar y gemir, levantando los ojos y enfrentando la mirada inquieta de su madre. El corazón del joven palpita salvajemente; su vida, esa vida que ocultaba del sol, del cielo, de la vista de todos, era su secreto. ¿Lo habrá escuchado su mamá llamarlo?
…..

Vicky llega a lo alto de las escalinatas, indiferente a la gente a su alrededor, pero diciéndose íntimamente que ningún cardiaco podría subir por ahí. ¿Quién proyectaba plazas así? De reojo repara en la estatua ecuestre de Simón Bolívar, y no puede evitar una melancólica sonrisa recordando a un buen amigo hablando del prócer:

-Simón Bolívar demuestra que los muertos no salen un carajo, si no ya habría estrangulado al maricón ese que no se cansa de cagarse en su memoria.

Palabras textuales. Su sonrisa, trémula, muy tristona, se ensancha un poco, era increíble que un ex profesor de bachillerato hablara siempre así sin medirse de en dónde lo hacía o qué decía. Aunque siempre había oído que la gente más lenguaraz eran precisamente los maestros, seguramente una de esa ligerezas que todo el mundo repetía. Tan distraída va pensando en ello que cuando la figura sale de detrás del pedestal, encarándola, casi chocan. La joven deja escapar un leve gemido ahogado, de profunda sorpresa, pero había más, como dolor.

Frente a ella se encuentra un tipo joven, tal vez de unos veinticinco años de edad, no muy alto a decir verdad, sacándole únicamente una cabeza a la joven. Es de rostro delgado, de barbilla cuadrada, piel blanca algo amarillenta, ese tono cobrizo que tiene en este país aún el hijo del más europeo. Su cabello es increíblemente negro, como sus ojos no muy grandes, y lo lleva echado hacia atrás a fuerza de gelatina. Su frente parece despejada, algo ancha, la nariz es recta. Y en conjunto, se ve bien, porque una fuerza interna, nerviosa y vital, parece hervir en su interior. En sus ojos era posible mirar hacia una habitación llena de vida, que también podía cerrarse. En esos momentos parecían arder, allí, de pie, con las manos en los bolsillos de su pantalón, uno azul oscuro como el saco que le da un aire de empleado bancario incluso por la corbata, que parecen baratones. En esa mirada había dolor, pero también resentimiento y ella lo entendió con un estremecimiento de profundo pesar. Cuánto podían lastimar aquellos a los que se amaba. De las pocas cosas o personas que podían herirla horriblemente, aquel joven era uno.

-Hola, Victoria. –dice él, con una voz baja y controlada que luchaba por salir de su boca. Ella lo mira alarmada, dando un paso atrás.

-Armando… -susurra, casi sonriendo, con los ojos empañados; dolida por la rabia y acusación que lee en esos ojos, pero contenta de verlo, de tenerlo ahí y mirar su carita de hombre enamorado a pesar de todo. Con medio paso más, atrás, choca de alguien. Se vuelve y ahora si deja salir un chillido casi involuntario.

-Hola, nena…

La joven con ojos muy abiertos mira a la persona que subió detrás de ella por las escaleras. Es un mocetón casi de la edad del otro, terminándose allí todo parecido. Este era alto, fornido, cargado de hombros, bíceps y muslos. Su cabello es claroso, tipo bachacón. Sus ojos son amarillentos, y la mortecina luz de la tarde parece hacerlos luminosos y abiertos. Y era más abierto. Él estaba molesto, odiaba estar allí y eso se leía fácilmente, sin dobleces, sin matices profundos. Un viejo y desgastado jeans, casi obscenamente ajustado sobre caderas y nalgas, así como la franelita roja y una chaqueta que ni de lejos, y en lo oscuro, podría confundirse con cuero, denuncian una posición algo más precaria. Es un tipo que resulta increíblemente llamativo para el sexo femenino, hay algo armonioso en su rostro, en su manera de hablar y de reír, aunque sólo dijera imbecilidades (como pensaba el otro con rencor y algo de envidia). Su cuerpo parece haber sido hecho a propósito para atraer miradas sobre sí.

-Enrique… -jadea ella, desfallecida, con su pecho agitado, subiendo y bajando rápidamente, casi con esfuerzo. La joven sabe que enfrenta un delicado momento en su vida, algo que puede resultar definitivo; se le dijo que así sería pero ni así lo creyó del todo.- Enrique… -repite ella mirándolo cálida, llena de amor, de dudas, sufriendo; y repara en que él responde, como aflojándose un poco, como mirándola con menos rabia, era eso lo que brillaba en sus ojos. El buen Enrique… piensa con amor la fémina.

-Vicky…

-¿Qué haces aquí? –se controla la joven, mirándolo fijamente antes de volverse y encarar a Armando.- ¿Qué hacen aquí… juntos?

-¿Hay algo malo en que nos encontremos, Victoria? Pensé que eso era lo que deseabas, ¿no? –replica este tragando saliva, mirándola de forma atormentada, furioso. Es vergüenza, humillación y dolor lo que arde en su alma, se siente… traicionado, traicionado por ella, su chica, la mujer a la que ha llegado a amar tanto sin darse cuenta de cuándo sucedió. ¡Ella lo había traicionado con ese tipo!

-Armando, por favor… -la joven no le ruega que se modere, no le pide que no le hable así; ella desea que deje ese pesar, ese dolor que parece quemarlo porque sabe que eso lo hace infeliz, y que sufre, y eso la lastima más que cualquier cosa que pueda decir.- No me gusta verte así…

-¿Y cómo se supone que debo estar cuando me entero que la mujer a la que quiero no sólo ha estado engañándome, que un día me sale con el cuento de que ama a otro sujeto, un gorilita que…?

-Ten cuidado con tu boca, pana, o te la borro frotándote esa fea carota contra el piso. –gruñe Enrique, belicoso, viéndose peligroso, alzando una mano.- ¡Y no le hables así a mi novia! –casi gruñe. Armando lo mira furioso.

-¿Es que acaso no has entendido todavía lo que pasa? ¿Lo que quiere Vicky? –se desespera al ver al otro como extraviado. Clava sus ojos furiosos en ella, que se revuelve inquieta, bajando la mirada.- ¿Cómo puedo aceptar que la mujer a la que quiero, ama también a otro hombre, y que acepte que tú quieres que yo te comparta con él? –casi grita en el colmo de las desesperaciones. Ella bota aire, levanta la mirada y lo encara, hermosa, decidida, pequeña pero fuerte.

-Me han estado compartiendo durante semanas…

CONTINUARÁ…

Julio César.