viernes, 17 de abril de 2009

ESPERÁNDOTE COMO SIEMPRE

Hoy, de repente, mi corazón comenzó a latir.

Vuelve pronto, por favor. A veces no me importa que estés lejos, basta saberte en este mundo para sentirme feliz… Pero en otros momentos me duele tanto ver mi reflejo en el espejo, deseando que fuera el tuyo, que no sé de donde saco fuerzas para continuar viviendo. Sí un día te marchas y no regresas…
……

Vivir extrañando debe ser difícil. No para el que viaja sabiendo que el amor lo aguarda, en su casa, en su pueblo; sino para aquellos que piensan que a esa pasión no tienen ningún ‘derecho’. El cínico sonríe ante la idea del amor lejano, porque en verdad nunca ha amado, para otros es, simplemente, estar muertos por dentro.

Julio César.

LA MALA SEMILLA SIEMPRE CAE CERCA DEL ÁRBOL

¿Recuerdan aquella película? ¿La de la niña asesina? ¿Y la de El Ángel Malvado, el niño sicópata? Las personas cometen con los niños un error natural de apreciación: piensan que infancia, que nacer, es sinónimo de bondad. No, no nacemos buenos, nacemos inocentes porque aún no hemos hecho nada malo. No hemos tenido tiempo. Eso no significa ni es garantía de que podemos mantenernos en ‘estado de gracia’. Eso de que un niño bien criado y guiado será ‘bueno’, es tan cierto como creer que dándole un besito a una zona herida, se quita o cura el dolor físico. Todo es fe en fuerzas que no se ven.

Repito, nacemos inocentes, no buenos. Y el ser ‘malos’ no depende de una falla educativa o falta de amor. Eso puede influir. Un niño golpeado, abandonado, puede estar más lleno de ira o resentimientos que uno que fue protegido y amado, pero eso no predispone hacia ‘el lado oscuro’, como gustan de creer tantos payasos que intentan explicar el problema de la delincuencia juvenil con simplismos. Esa es tan sólo una excusa floja y torpe. Millones y millones pasan por situaciones horribles, dantescas, y no se transforman en delincuentes o monstruos. La falta de mano dura para fijar los límites de lo permitido o no, demarcar la diferencia de lo bueno de lo malo, sí influye, ya que por tendencia el muchacho hará aquello que le brinde placer, sea escapando por una ventana para ir a una fiesta, o golpeando a niños más pequeños en el preescolar; y dentro de esta categoría, más aberrante pero con igual explicación, está quien va a una fiesta y viola a una joven, creyendo que no es grave, encontrando atenuantes y complicidades en familiares y amigos. Aquí estamos en presencia de personalidades sicóticas.

Tengo una amiga (seguramente pensarán, ¿pero cuántas tiene? Muchas. Tengo facilidad para hacer amistades. Sé escuchar y poner cara de circunstancia), a la que llamaremos Gina (no es su nombre, pero no la quiero detrás de mí con una escopeta). Ella tiene una nena de cinco años, pequeña para su edad, pero de ojos grandes, atentos, inteligentes. Es de las que se queda mirándote como calculando dónde darte. La niña se llama Nancy (inventado, ¿lo ves, Gina?). Cuando Nancy comenzó el preescolar a los cuatro añitos, un niño más grande que ella le quitó su lonchera, arrojó su comida al piso y le dio una cachetada.

Nancy no le dijo nada a nadie, pero al otro día comenzó a brindarle al niño caramelos y manzanas. Se hicieron amigos, eran el terror del salón, por tremendos y todo eso. Más o menos un mes después (sospecho que esperaba el ‘aniversario’), Nancy le dijo que pusiera la mano que le traía un regalo. En palabras de la maestra que estaba allí, el niño abrió la palma… y ella le clavó un lápiz al que había afilado previamente. No contenta con eso, lo agitó, rompiendo la mina dentro de la piel del niño. Imaginarán los gritos de este y el susto de la maestra ante la agresión. Nancy, y Gina, fueron con el ‘director’, y allí la niña contó por qué lo hizo. Claro que no se hizo un favor al hacerlo, porque como le dije luego a Gina, en su actuar mostró que no fue tremendura o rabia de una niña agredida, sino que actuó con premeditación, alevosía y hasta fingimiento. ¡Una niña de cuatro años! Uno entiende una venganza, ese niño la golpeó y al descuidarse, ella se desquitó. Pero esto era… tortuoso. A Gina le recomendaron que cambiara a la niña de colegio, y creo que temiendo un escándalo o una nota de mala conducta, por decir lo menos, aceptó. La ha llevado con sicólogos infantiles, y se ve bien, sonriente, bonita y pícara… pero yo siempre le digo a Gina que si discuten, no le de la espada y que tenga cuidado con el racumín.

Todo eso lo recordé revisando la Web leyendo noticias, encontrando esta. La leí y reviví todo aquello. ¿Puede un niño nacer malo, torcido? Todos aseguran que no, pero a veces temo que sea únicamente el deseo de creer que no es así lo que nos impulsa a decirlo. En fin, leamos la nota:
……

KIP KINKEL – EL ASESINO DEL INSTITUTO

El 20 de mayo de 1998, hace ahora once años, Kip Kinkel, el hijo adolescente de una respetada familia de clase media de Springfield, Oregón, asesinó a sus padres y luego disparó contra sus compañeros de instituto, matando a dos e hiriendo gravemente a veinticinco.

El joven fue criado bajo la autoridad de unos padres represivos. Era frecuente la aparición de dibujos siniestros en sus tareas de clase. En su adolescencia mostró afición por las armas de fuego, afición consentida por sus padres. En 1998 fue detenido por llevar y haber guardado una pistola dentro de su casillero. La policía lo dejó bajo la custodia de su padre, quien al llegar a casa reprendía duramente a Kip.

Poco después, mientras su padre se encontraba en la cocina, Kip tomó un rifle, apuntó a su nuca y disparó. Al poco tiempo recibió la llamada de un amigo, con quien conversó durante más de una hora con aparente tranquilidad. Mientras su madre subía las escaleras de la case Kip le dijo "te quiero mamá" y disparó. Fueron encontrados 6 disparos en el cuerpo de ésta.

Kip cargó su pistola, y dejó escrita una nota en su casa: "Acabo de asesinar a mis padres. Soy un hijo terrible. Ojalá mi madre hubiera abortado. Mi cabeza no funciona bien, oigo voces dentro de ella." Aquella noche Kip la pasó solo en su casa y a la mañana siguiente se puso una gabardina, para esconder su rifle. Condujo solo el coche de sus padres y en 20 minutos llegó al instituto. Poco después de las 10, llegó a su colegio. El vestíbulo estaba casi vacío, por lo que se llegó a la cafetería. Disparó 48 veces en menos de un minuto. Alcanzó a 24 estudiantes.

El rifle de Kip se quedó sin munición, sacó su pistola y pudo hacer todavía un disparo mientras un grupo de muchachos intentaba reducirle. Grita a los muchachos que lo maten.

En sus declaraciones a la policía se muestra muy dolido por la muerte de sus padres, a quienes quería mucho. Repite continuamente que quiere morir. En Septiembre de 1999 se declara culpable de 4 asesinatos y 26 intentos de homicidio. Con su edad, 15 años, es condenado a cadena perpetua (gracias a Dios, nota de JC).

Si el tópico asegura que detrás de este tipo de actos hay familias desestructuradas, hogares inhóspitos, abandono físico o emocional, la investigación llevada a cabo para este documental sorprende al descubrir un entorno familiar cálido, unos padres atentos, una comunidad confortable. Nada en el expediente escolar de Kip hacía pensar en que se tratara de un chico con predisposición a la violencia.

“El asesino del Instituto” cuenta con los vídeos domésticos de la familia Kinkel y los escritos dejados por Kip, lo que permite explorar en profundidad los hechos de su vida cotidiana, en un intento por comprender qué acontecimientos hubieran podido conducir a este muchacho a este acto impredecible de violencia. De su análisis se van extrayendo pequeñas señales que permiten intuir qué acontecimientos fueron marcando el mundo interior de Kip y creando las perturbaciones emocionales que le llevaron a cometer esos asesinatos. Kip dejó escrito: “Soy el diablo. Deseo matar y provocar dolor gratuito. Me odio por haberme convertido en esto”.
……

¿Qué creo? Nació malo. Y sin embargo hay detalles que hablan de una perturbación mental, que suena más bien a una profunda depresión, una oscura y mórbida de la que no supo cómo salir. Ese chico parecía atrapado en una miasma que no lo dejaba ver el sol o el día bonito más allá de su pesar anímico, posiblemente sintiéndose nada, basura en comparación con otros. Casi es posible imaginar lo que se dijo: Sí acabo con todo, todo puede cambiar. ¿Será este un caso aislado, algo raro que ocurre de tarde en tarde, o estamos rodeados de monstruos, de seres que de lejos parecen gente como todos pero de cerca tienen más colmillos que un vampiro? Asusta e inquieta.

Julio César.

QUEMÁNDOSE

-Chamas, esos muchachos quieren echarnos el bronceador, ¿los dejamos?

-No sé; esos seis carajos se ven como muy grandes y malosos.

-Mejor, así nos echan más a cada una.

Julio César.

FUSILANDO A UN FUSILADOR

Por fusilar, en Venezuela, fuera de la connotación literal, también indicamos cuando alguien copia descaradamente a otra persona en un trabajo, y debo confesar (porque ya lo saben, de lo contrario ni abro la boca), que caigo mucho en eso. Como empleado público que lleva estadísticas sobre cuestiones sanitarias, cuando me pongo intenso, aburro a los conocidos con los problemas de las distintas zonas de la Gran Caracas, que si cáncer de cuello uterino en la zona de Petare, SIDA que juega garrote en Guatire y Guarenas, desnutrición en los Valles del Tuy. Cosa que pasa justo antes de emborracharme totalmente, y fue en uno de esos momentos de fastidiosa seriedad sobre los problemas del país cuando discutimos un grupo sobre la manera de afrontar dichos males. Fue el marido de una amiga, el de Fátima, quien nos habló sobre un trabajo que había presentado en la universidad, ya que a él le pasó como a mí, después de años de graduados nos obligaron a volver para resolver un problema de títulos. Y él odió eso más que yo. A su vez, el trabajo lo había basado en un reportaje de un distinguido periodista venezolano, Rafael poleo, por lo que digo el fusil del fusilado. He aquí lo que colegí de su trabajo, que se negó a presentar él mismo en mis páginas.

Cuando las universidades de los países serios hacen proyecciones anuales sobre las causas y formas de resolver los problemas en sus países en los años venideros (parece que planifican a futuro, ¡qué bárbaros!), o el rumbo político, económico y social que tomará el mundo en los próximos años (qué gente, Dios), muestran una capacidad de planeación que parece cosa de magia a otras naciones menos previsoras. Es así como en el orden de importancia de los problemas a resolver, los grandes han llegado a la conclusión de dar prioridad a la educación sobre la salud (suena a tontería politiquera, todos dicen lo mismo: lo nuestro es un problema de educación; y sin embargo no hay manera de que resolvamos nada). Cuando se hacen las previsiones de los problemas por atender en cualquier país, el primer reflejo es dar relevancia a la salud sobre la educación, ya que es necesario contar con gente viva y medianamente sana para enseñarles luego a hacer cosas, desde reparar un cohete, a operar un cerebro o a preparar Cuba Libres (no es tan fácil como se cree). Sin embargo, de los newyores nos llega la noticia de que eso ya no es así. ¡Cómo inventa esa gente!

Aparentemente, el hincapié ahora está en poner a la EDUCACIÓN por delante de la SALUD. Sostienen que enfrentar los problemas de salud en primer lugar es una batalla perdida, que la esperanza está en transformar a cada individuo en un guerrero de la salud, fortaleciendo la prevención sobre el tratamiento. Alegan, hasta con lógica, que la sociedad moderna está creando a un enjambre de enfermos en potencia que ni puta idea tienen de que lo son o lo serán. Están los hombres que fuman y exhalan más humo que un tubo de escape en carro viejo, sin haber iodo jamás hablar de los enfisemas o de la relación de la nicotina con los infartos; que toman aguardiente como cosacos después de una invasión (ah, la caña, que rica), sin hacer una relación directa con los accidentes viales, la violencia domestica contra la pareja y los hijos (de ahí nacen los Aníbal Lecter), o con el viejo y cansado hígado enfermo (y de este condenado sólo tenemos uno). Hombres que comen como caballos llevando una vida totalmente sedentaria, que miran con angustia, mientras tragan un pedazo de chicharrón grasiento que chorrea aceite por su brazo, como abultan sus estómagos, sin detenerse a pensar (no se les enseñó cómo) que todo eso va a las arterias, cubre el hígado de grasa y tapa el corazón.

Vivimos en un mundo donde una jovencita no puede llegar a los trece años, y que le crezcan un poco las teticas, sin que salga a la calle creyéndose sobrada, un mujerón que va a comerse el mundo y lo primero es sentir que atrae machos. Y eso pasa por la mente de la niña en la gran urbanización así como en el caserío más miserable, que sale a buscar quien le eche la primera vaina porque ‘ya es una mujer’, comenzando muchas veces un vida sexual activa sin tener noticia ni de lejos de la relación que hay entre una vida promiscua (¿cómo una palabrita tan exótica puede ser mala?) sin llevar un control de la salud de sus parejas, relacionándolo a vainas como el SIDA o los problema del Papiloma Humano. La relación de este con el cáncer de cuello uterino, es algo que ignora totalmente (Dios, ¡cáncer!, eso no se trata ni cura con aspirinas o antibióticos, pero tampoco lo sabe muchas veces). Estas muchachas que se levantan un día no pensando voy a estudiar, tener una carrera, visitar mundo y tener amantes en bellas ciudades internacionales porque soy autosuficiente y puedo encargarme de mí misma, sino diciéndose: “yo puedo levantarme al que quiera, ahí está el malandro ese que no sirve para nada; voy a probar”; no puede relacionar la paridera de muchachos sin control (nunca se les ocurre practicar sexo seguro; no, meten la pata hasta lo hondo) con el agotamiento del cuerpo, con distinta infecciones e incluso con el cáncer ya mencionado. Circunstancia que en muchos casos únicamente viene a acrecentar el círculo de la miseria en grupos donde no tienen ni con que alimentar bien a un muchacho, no hablemos ya de tres, cuatro o cinco. Muchas veces por el ejemplo en casa, lo que fue la vida de los suyos antes que ella, quedan marcadas sin llegar a saber que hay otros mundos.

Asistimos a la cultura de las drogas, ¡las muy malditas!, desde las ilegales a los estimulantes o sedantes médicos, y los esteroides anabólicos con los que tantos muchachos bolsas creen que pueden desarrollar cuerpo y músculos, lamentablemente no más cerebro. Es una cultura donde se les inculca que la marihuana no es tan mala, que las clases chic pueden darse su piquito de coca como una inofensiva diversión en fiestas, vainas controladas de gente sofisticadas (qué tonterías se inventan estos enfermos para ocultar una falla mental y de personalidad). Son jóvenes que crecen al garete, sin una guía, tomando el camino que mejor les parece, creyéndose sobrados, muchas veces cayendo en la franca manipulación de otros que los azuzan a hacer tonterías, o que se aprovechan de ellos incentivándolos a consumir, desde productos de marcas y basura, hasta drogas para fines ilícitos o para que brillen como atletas. Muchacho no es gente, decía siempre mi abuelo, y tanto que lo odiábamos en esa época cuando lo gruñía entre dientes. Pero ahí están, muchos de ellos careciendo de una segura figura de autoridad que sirva de faro cuando tengan problemas, porque hasta el rol de ‘padre, responsable y representante’ ha sido abandonado por una generación necia y no preparada que cree que esos roles deben ser ‘negociados’, vacío familiar este que posibilita la entrada de otras influencias en la vida de los muchachos. En su conjunto es preocupante la psicopatía que va manifestándose dentro de una población joven aparentemente privilegiada como la norteamericana, ¿qué queda en estos lares donde un grupo criminal cree que puede robarse unos muchachos, darle drogas y convertirlos en guerrilla, o carne a la venta para turismos extraños?

Toda esta enorme masa humana que toma por donde más fácil parece, que piensa que le va bien hasta que el cuerpo le echa la vaina con dolores, disminución de facultades o el colapso total, van a conformar un ejercito igualmente enorme de enfermos, de gente que atestará clínicas y hospitales, obligando a que buena parte de los presupuestos de los países, al menos en los países serios donde los lideres no toman la plata para hacer lo que les da la gana como obras en otros países mientras su pueblo muere de enfermedades o hambre, o lo roban mientras el pueblo resiste como puede otro día. Pero los países serios ven como se incrementan los gastos sanitarios, de gastos médicos, los gastos de la seguridad social porque a toda esa gente que sufre, se queja y le duele hay que atenderlos. Lamentablemente para este enjambre de enfermos jamás alcanzaran ni las plazas médicas, los recursos sanitarios ni habrá médicos suficiente; ni alcanzará el dinero para mantener a tantos. Así de simple. Si dentro de un país cualquiera doce millones de personas se preparan para posiblemente estallar más o menos a mismo tiempo, ¿cómo se hace? Siempre la demanda será muy superior a los recursos necesitados. Es aquí donde parece obvia la indicación de las grandes universidades: cortar la cadena donde se forman los enfermos metiendo entre los engranajes la palanca de la educación sanitaria.

Suena fácil, ¿verdad? Hasta lógico, pero no lo es. En muchas partes hay un deprecio increíble por el sentido común, por las cosas que están de anteojito. Siempre se busca la salida extraña, la mágica, la que no da trabajo ni preocupaciones, muchas veces irreal como dejar que todo se resuelva por sí mismo; o por alguna necesidad pedestre se necesita ensayar algo ‘nuevo’ para ser distinto. Y eso cuando no hay desinterés total, algo como: bueno, que se mueran, esos reales lo vamos a enviar en una maleta para que fulano sea presidente de tal sitio (por decir cualquier locura, sin nadie en mente). El problema de este tipo de soluciones, sentase y discutir entre todos qué hacer para romper la cadena, obliga al angustiado a buscar a otros, a pensar, a hablar, tomar notar, discutir y luego implementar, y vigilar que se cumplan ciertas máximas o normativas… y es ahí dónde está el problema para enfrentar las cosas, es ahí dónde mueren las iniciativas.

Vamos a estar claro, es más cómodo, fácil y rico estar sentado en su casa, tomando cerveza, viendo un juego de béisbol, comiendo cerdo, a hacer todo esto, reunirse con los maestros de las escuelas de la zona y expresar que se desea que se tomen cierta medidas en el programa escolar, y exigir que se haga y cumpla. Mientras tanto crece el número de enfermos, de gente que padece y exige atención que no le llega, con barriadas que se llenan de muchachos que sólo conocen el ejemplo de la carajita que es su mamá, y que muchas veces está obstinada de ellos, porque como son cuatro ya no consigue otro marido que cargue con todos; pero lo peor es que muchas veces ya se preparan para repetir el ciclo nada más llegan a los doce. ¿Qué se le hace? ¿Nada? Suena irresponsable, ¿verdad? Es como sentarse y dejar que todo siga como va en el mundo hasta que ocurra un desastre natural real, como un deslave en Vargas o un tornado en Nueva Orleáns, y chilar que se debió hacer algo para detener el deterioro ambiental. Y sin embargo, eso hacemos, es decir: nada. Nunca es nuestro problema, eso tiene que resolverlo 'otro’; para eso están los dirigentes y los políticos (sí, cómo no).

Bueno, si nos sentamos sin hacer ruido ni llamar la atención, otros se alarmarán y algo harán. O esperamos que lo hagan; pero silencio, que no nos vean o nos llaman y nos obligan a tomar la responsabilidad de nuestras vida. Qué fastidio…

Julio César.

LA TRABAJADORA DE LA NOCHE

Si tienes para la tarifa contigo me voy…

El médico miró a la mujer, una desconocida todavía, aprobatoriamente. Era una fémina normal de clase media trabajadora pero con aspiraciones. Delgada y flexible, se veía fuerte físicamente aunque no era alta. De cabellos amarillentos, ni por un momento la cree catira natural, con esas cejas no podía serlo, se veía bien sin embargo. Era treintona, comenzando, de rostro cuidado pero no maquillado en exceso. Una mujer segura de sí, podía muy bien imaginarla haciéndole frente a un hombre, gritándole hasta del mal que se iba a morir con las manos en las caderas y tongoneándose desafiante. Sus ropas eran llamativas pero no muy buenas, un suéter algo ajustado que enmarcaba divinamente su busto generoso y una faldita a medio muslo. Su cartera y zapatos sí eran de calidad. Cuando mira sus ojos, se inquieta… Ella ha estado estudiándolo y no parece convencida de que sirva. Vaya…

-Buenos días, señora Martínez.

-Buenos días, doctor. –responde ella tomando asiento, mirándolo inquisitiva.- Disculpe que se lo diga, pero no me imaginaba que usted…

-¿Fuera tan joven? Hay muchos siquiatras jóvenes, señora.

-No, no es eso sino que… ¿me estaba mirando las tetas? En mi trabajo noto cuando un sujeto…

-No, no es eso, señora. Estaba acotando algunos signos externos sobre su… -se acalora, tomado fuera de base por un momento.

-¡Ah!, no le gustan las mujeres. Por mí está bien. –parece más relajada.- Me agradan los gay. –sonríe señalándolo.- Y me disculpo por creerlo un mirón, no me fije bien en sus… -y no termina pero mueve las manos elocuente. Él la mira terriblemente impactado.

-¡¡¡Señora Martínez!!! –traga saliva, acomodándose la corbata; maldita sea, y justo ese día llevaba una de seda rosa suave.- No creo que debamos hablar de mí. –reprende.

-Bien, doctor. Lo siento si me metí en su vida. –toma aire.- Vengo a verlo por consejos de mi ginecólogo, ese hombre es una maravilla, adivina cuando tengo problemas, me conoce realmente muy bien. Verá, estoy agotada. No puedo descansar. Termino mi trabajo cada noche y al regresar a casa no puedo dormir. Es por culpa de esa pesadilla que tengo cada vez.

-Bien, ¿de qué trata la pesadilla?

-Es algo casi cotidiano. Algo que me aterra que ocurra en verdad siempre que salgo a trabajar, y creo que eso es lo que me angustia tanto. Pues bien, me acomodo bien y salgo a trabajar como siempre, como cada noche, recorriendo mi ruta… -relata mientras él va alzando las cejas.- …cuando en una esquina se me montan cuatro carajos. Me llevan a una zona lejana, aislada y ahí viene el abuso. ¿Lo ve? Se montan, me usan y se van sin pagarme…

-Ah, ya veo, ¿y usted trabaja…?

-Manejando un taxi.

Julio César.

TRINITARIAS… (5)

Sólo una vez… cada vez.

-Maldita sea… -grazna con rabia, soltándose. No importaba cuánto torturara su cuerpo, su mente adolorida clamaba más.

Nuevamente se deja caer en el banco. Bañado en sudor, jadeando por la boca abierta. Oye risas detrás del muro, oye conversaciones, música. Era sábado en la noche, todos saldrían a bailar, pasear, amar. Estaba convencido de que muchas citas de cama se resolverían en esos últimos momentos. Todos parecían divertirse menos él. Pero no puede pensar en eso, no quiere, porque lo único que venía a su mente era el rostro de ese tonto, engreído y medio mentepollo muchacho que se le había metido en la piel. Era ese rostro sonriente, a veces altivo y chocante, muchas veces tierno e infantil lo único que podía evocar. Lo recuerda gritándole, insultándolo de esa manera tan dura que tenía, por lo que tuvo que callarlo de la única forma que pudo, a golpes. No sabe por qué lo alteró tanto, otros le habían gritado antes cosas peores, pero en ese momento…

Fue porque era él. Se molestó porque le dolió lo que dijo, no le molestó o alteró, le lastimó. Le dolió porque era Adrián quien las gritaba. Cuánto poder tenían para lastimar aquellos a los que se amaba, recordó esa frase no sabe si leída o escuchada. Dios, cuánto daría por poder llamarlo, por preguntarle si estaba bien (¿y si lo jodí? Coño, pude sacarle un diente o algo; y pensar en esa posibilidad le encoge el corazón en el pecho). Le gustaría tanto llamarlo y oírle decir que lo siente, que siente todo lo ocurrido, y que lo citara para que hablaran. Sí, desea eso, que Adrián diga que deben hablar, que no podían terminar así. Pero sabe que no lo hará. Adrián era una pequeña cucaracha testaruda e intransigente, jamás lo llamaría. Se yergue en la silla; él podía dar ese paso, pero nunca lo haría. Si la vaina debía terminarse, que se acabara, pero no iba a rebajarse llamándolo. No él.

Pero dolía. Ese vacío, esa sensación de querer gritar, correr, golpear o aullar como un perro con rabia era algo nuevo para él. Esa sensación de insatisfacción, de pesar, de casi malestar para respirar era desconocida. Lo sentía ahora, lo sufría ahora… porque Adrián ya no estaba. Temblando, con la boca abierta cierra los ojos. Lo recuerda esa noche, hace como tres semanas cuando salieron huyendo de aquel bar, ocultándose en ese callejón, riente como idiota, como si no entendiera que en verdad pudo pasarles algo malo. Él estaba furioso, con él, con esos tipos que buscaron la camorra. Deseaba golpear a alguien, regresar y caerles a coñazos, o al tonto muchacho; pero al verlo reír de espaldas contra esa sucia pared, como si aquello fuera una aventura de colegial, lo desarmó. Se veía tan joven, tan insensato, tan alegre, tan… hermoso. Fue a reclamarle, pero el otro le había rodeado el cuello con sus brazos, con fuerza, y lo había besado, de forma cálida, no impulsiva, tampoco suave, parecía excitado, y todo su mundo giró, dejó de pensar, de estar molesto, y se aplastó contra él, clavando sus dedos en esa baja espalda. Llenándose con su calor, con su olor, tan duro de ganas que temió estallar literalmente dentro de sus ropas.

Pero eso era pasado. Esa historia había concluido, y su final no había sido nada feliz. Se ahoga y tiene que lanzar un alarido, llevándose las manos a al nuca y cepillando con furia su cráneo con sus dedos. ¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué nada le salía bien? ¿Por qué coño’e la madre todo tenía que malogrársele siempre? ¡No era justo! No era justo, carajo… Y sin embargo, la primera vez que había visto a Adrián, lo había odiado, recordaba que fue en…
……

- 1 -

Todos los sabían dentro del antiguo Comando de la Unidad, si hay que llamar gente para una marcha, una concentración o para formar un muro de contención, llamen a Adrián Barbosa, que, aunque joven y con pinta de poder estar haciendo cualquier otra vaina (como asolearse en Choroní, como irresponsablemente se cantaba), siempre se presentaba de primero, lleno de adrenalina, con ganas de participar y resistir. Ante cualquier eventualidad el joven se calzaba sus cómodos zapatos de goma, un largo shorts bermudas, una franela holgada que a veces era tricolor, amarilla o azul, y su gorra o cinta a la frente con las iniciales UCV, de la Universidad Central de Venezuela. Y llegaba, batiendo palmas, gritando consignas, llamando a resistir con ese ánimo y alegría de la juventud.

Había comenzado a protestar relativamente tarde, aunque su mamá y sus dos hermanas mayores vivían desde antes muy pendientes de las marchas opositoras al régimen que desdirigía los destino del país. Él no, se lo había ido tomando con soda hasta que dos eventos llegaron a trastocarlo todo: su padre perdió su trabajo en PDVSA, la empresas estatal petrolera, por firmar pidiendo el revocatorio presidencial tres años antes; y luego fueron contra el canal de televisión RCTV, al que cerraron en su señal abierta a todo público. Por razones íntimas, esto fue más revelador e inquietante. A sus ojos jóvenes (que muchos encontraban bonitos) se presentó un panorama aterrador: todo lo que había creído hasta ayer no servía, nada funcionaba, ninguna regla garantizaba seguridad o estabilidad; ahora estaban en el infierno.

Del otro lado, con su franela llevando al frente la oscura imagen del Che Guevara, el eterno rebelde, sobre un fondo rojo, Joaquín Garcés se lanza con igual arrojo y apostolado. En cuento oye que se están congregando los ‘oficialistas’, hay una concentración chavista o se marcharía a favor del Gobierno, el joven se calza también su gorra UCV, caminando con arrojo, con esa pasión que parecía vehemencia o violencia nacida de sus convicciones más profundas. De su boca surgen las consignas que condenan a un grupo necio e insensato que no sabe de qué habla, apátridas que despertaban oyendo y viendo CNN, pendientes del dólar, que deseaban ver su país dominado por los eternos explotadores, por aquellos que habían clavado sus garras y colmillos en las carnes de la república (trasnacionales sin alma, político a sueldo, el Imperio explotando y robando lo que otros no podían llevarse a las bocas hambrientas) y la sangraban, devorándola sin piedad. Su rostro enrojece, sus ojos brillan de furia, de convicción, mientras les grita a las caras detrás del cordón policial que los separa, lo que siente, lo que piensa. Los crímenes de aquella gente, que jamás volverían, eran demasiado recientes, ¿acaso esos muchachos tontos, como el bonitico de flequillo en la frente, no se daban cuenta?

Siendo estudiantes de la UCV los dos, los dos moviéndose alrededor de la universidad, de los grupos que allí se atrincheraban, Adrián y Joaquín estaban destinados (o condenados, según se mirara) a encontrarse cara a cara más de una vez. En medio de marchas y protestas sus ojos habían caído inmisericordes y con furia sobre el otro, y alzando sus puños, tensando los cuellos con el esfuerzo, casi escupiendo con furia las palabras, se habían gritando insultos, condenas y llamadas al otro a entender que sólo seguía a criminales. Joaquín lo detestaba… porque le parecía horrible que un muchacho como él, joven, sano, de rostro limpio y mirada apasionada, casi… decente (pensaba que hermoso, pero no quería usar esa palabra), estuviera allí, del lado de todos esos vagabundos que defendían intereses bastardos, distintos a los de la universidad y el país que los vio nacer. Le desesperaba que él, que ese joven, estuviera en ese bando. A Adrián, no sabía por qué, algo lo urgía a obligarlo a reaccionar, a que entendiera que defendía a bandidos, ladrones y criminales que arruinaban de forma total a la nación preparándola para el remate.
……

La Biblioteca Central era un lugar que le encantaba a Joaquín, aunque pareciera eternamente en remodelación. Le agradaba el orden, el cuidado que se ponía en ese lugar donde cada libro, computadora y archivo era esmeradamente protegido. Los muchachos, y otros no tantos, los eternos estudiantes de postgrados quienes habían hecho esa terrible elección, se comportaban distintos dentro de sus muros en las diferentes salas y pisos. Era común el ceño atento, algo fruncido, mientras las miradas corrían sobre párrafos y bibliografías. Le molestaban algunas restricciones, en algún momento debería permitirse el sacar ejemplares y copiarlo fuera, dentro del edificio el servicio colapsaba, sobretodo en épocas de evaluaciones o preparación de los trabajo finales de grado. También el que se debía estar carnetizado, o ser miembro de la universidad para tener acceso a ella debía ser corregido; lo legal debería ser que se prestara auxilio y servicios a todo el que viniera demandando esa ayuda. Eran cosas que debían cambiarse. Democratizándose, como gustaba pensar.

A él, personalmente, le encantaba ir allí. Sentado, leyendo sobre Marx, Lenin o la martirizada Rosa de Luxemburgo (otros padres del comunismo) se distraía. Se llenaba de calma, de paz. Estar sentado a una mesa, cómodo, con ese aire controlado lejos del calor, lo invitaba a pensar o divagar. Todo era distinto tras esos muros, no había presiones, desencanto, luchas. No pensaba en su labor proselitista que parecía no prosperar. Ni en sus hermanos que no gustaban de estudiar o trabajar. O su padre, bruto y brutal, peleando siempre con su otro hermano. No, nada de eso lo atormentaba allí; y ese sentimiento de bienestar lo había trasferido a ese querido edificio.

Le gustaba el airecillo izquierdista del grupo mismo, aunque los escuálidos (término usado denigrantemente para designar a los contrarios), habían ido combatiéndolo. Hasta hace poco hubo una exposición sobre Cuba, el milagro social de un pueblo cercado en el Caribe por la codicia norteamericana, que fue retirada de mala manera. Ni por un momento pasa por su mente que esos trabajos realizados por jóvenes de la misma universidad, iban afectándose al relacionar estos lo que pasaba en el país a nivel doméstico e individual (a los muchachos solo les dolía los que los tocaba directamente, lo demás no), con el llamado socialismo que el Gobierno auspiciaba. Para él era producto de reaccionarios que deseaban terminar con el pensamiento marxista dentro de la máxima casa de estudios.

Vaya, no debió tomar tanta agua, se dice sintiéndose indispuesto, enfrascado como estaba en un párrafo que debía dejar al tener que ir a vaciar la vejiga. Le agradaban los baños de ese piso, por razones particulares, por lo que al dejar el libro y dirigirse a ellos ya se había disipado parte del malestar. En los sanitarios también se podía leer. Como en todos los baños de hombres, había letreritos chistosos, ingeniosos, intrigantes o… eróticos. Por alguna razón los hombres se ponían poéticos, generalmente homoeróticos, en ellos. No sabe si es algo estudiado por sicólogos o no, pero así era. Todo el que entraba, y llevaba un bolígrafo o un marcador, no podía resistir la tentación de dejar una notita, un homenaje de su presencia en el lugar a la posteridad. Había uno que debió ser escrito hace más de veinte años atrás porque decía: soy bonito como un MENUDO (una olvidada banda juvenil), y quiero un macho que me de… Esa parte la habían tachado, pero podía imaginarlo. Justo al ir entrando el repicador de su teléfono celular le indica que recibe un mensaje, así que leyéndolo, abre la puerta que se cierra simplemente con dejarla caer, y entra en silencio. Era su amiga, la del nombre ridículo e imposible de Mortiana. Lo citaba para que tomaran algo en el cafetín de odontología. Una vez adentro, lo oyó…

Parecen ahogados bufidos, como gemidos muy apagados y quedos hechos por alguien que no desea llamar la atención pero que no podía controlar lo que hace. Siendo joven, Joaquín imagina algo deliciosamente escandaloso: vaya, ¡alguien se masturbaba allí! Y eso le provoca un escalofrió de divertido interés. Era lo suficientemente muchacho como para que todo eso le interesa de manera imperante, y no eran únicamente sus inclinaciones sexuales lo que lo llevó a imaginar mil vainas (un tipo con los pantalones en los tobillos y dándole mano al pilón), sino porque era… un hombre, tan simple como eso. Alguien la pasaba bien ahí, aunque… ¿hacerlo allí? Algo malo debía funcionarle en el cerebro (a estas alturas visualiza a alguien sentado y a otro de pie con el pantalón en…). Allí, de pie cerca de la puerta del aparentemente solitario baño, aseado, cromado, lo ve salir del último de los privados. Era Adrián Barbosa, pero ese nombre no lo conocía aún.

CONTINUARÁ…

Julio César.

SE VEÍA DECENTICO

Decía al que pasara: “Ven, sube y vamos a navegar”. Y algo en él convencía a la gente, porque subían y se iban con él.

Julio César.